lunes, 9 de noviembre de 2015

LAS MADRES NO SOMOS BUENAS

Que urgente es que las madres salgamos del rol social que se nos ha asignado de "buenas e incondicionales madres", no es que no queramos serlo o que no amemos a nuestros hijos, pero estas etiquetas tan bonitas nos impiden considerar el hecho de que realmente podemos estar haciendo daño a nuestros hijos.

Hoy me he puesto a reflexionar mucho sobre lo que las madres creemos que somos y lo que somos en verdad, y con asombro descubro que es algo universal, que nos llega a todas, que nadie “se salva”. Hay definitivamente una diferencia grande entre lo que se dice de la madre y lo que la madre auténticamente es.

Que si el “instinto materno”, que si el “amor de incondicional de madre”, que “el amor de madre todo lo puede”, que “como la madre ninguna” y muchos más. Pero la verdad es que las madres venimos de infancias en las que con altísima frecuencia estuvimos muy lejos de recibir lo que necesitábamos. Sin embargo la historia, la religión, la moral, la opinión social y nuestro propio sentimiento de “hago lo mejor que puedo” prohíben hablar de los errores de la madre. Históricamente las madres quedamos muy bien paradas y somos, generalmente, las heroínas de cada batalla, ¡nadie como nosotras!.

Sería interesante que los niños tuviesen la madurez, la comprensión de los hechos y el léxico suficiente para poner en palabras el modo en que sus madres los hacen sentir día a día,  cada vez que el niño no cumple con las expectativas de la madre. Sería interesante también que un niño pueda explicar todas las formas en que su madre no satisface cada una de sus necesidades: apego, contacto físico, ritmo de aprendizaje, ritmo de desarrollo, juego, resolución armoniosa de conflictos, etc. Así las madres recibiríamos un feedback y podríamos ver que nuestros hijos reciben bastante menos de lo que nosotras creemos que damos. Tal cosa no es posible, los niños no entienden con claridad lo que les sucede, no pueden explicarlo, para ellos el amor de su madre es lo mas importante del mundo y jamás se atreverían a juzgarlo. Pero lamentablemente eso que no se dice y que hasta incluso creemos que se olvida, jamás se va, se queda y se queda para siempre en nuestros niños y condicionará en modo absoluto el adulto en que se convertirán.

Los niños no pueden poner palabras a lo que sienten, ni pueden explicar a su madre como necesitan ser cuidados. Pero nosotras, madres, mujeres adultas, sí que podemos recorrer nuestra historia, recordar nuestra infancia y revivir como nos sentíamos cuando nos “educaban” con “firmeza y disciplina”, nosotras sí que podemos traer de vuelta a la niña que fuimos y mirar con honestidad como nos sentíamos con el trato recibido y si eso que nos daban realmente nos satisfacía, nos gustaba o nos hacía mejores personas. No todo tiempo pasado fue mejor.

Es tiempo ya de que las madres abramos los ojos, que nos bajemos del pedestal de buenas, amorosas y preocupadas madres, porque la verdad es que no lo somos, la verdad es que nos cuesta detectar las necesidades de nuestros hijos, la verdad es que con frecuencia ni siquiera sabemos que les pasa, la verdad es que estamos seguras de que “nos ha tocado” un hijo difícil, la verdad es que nos cuesta contener un grito, la verdad es que aveces cedemos ante nuestros impulsos y hasta soltamos golpes, la verdad es que aveces creemos que “no les pasará nada si lloran”, la verdad es que nos han convencido de que “en una mano la miel y en otra la hiel”, la verdad es que casi nunca pensamos en SUS necesidades y nos quedamos en las nuestras: “necesito que arregles tu habitación” “necesito que saques buenas calificaciones” “necesito que me obedezcas” “necesito que no hagas berrinche” “necesito que te comas todo” y un sinfín de obligaciones que les hemos dado. Con frecuencia creemos que todo esto es por SU bien, pero la verdad es que ni siquiera nos hemos detenido a pensar si realmente es así, “¿qué pasa si hoy no te comes todo?” “¿qué pasa si ordenamos juntos tu habitación?” “¿qué pasa si hoy no la ordenas?” “¿para qué te servirá dentro de 15 años sacar hoy un 10 en mate?” “¿cómo te sientes cuando te pido a gritos que me hagas caso?” “¿qué razones tienes para no hacer lo que te pido?”….

El punto es que nosotras “buenas madres” seguimos repitiendo con nuestros hijos lo que hicieron con nosotras cuando fuimos niñas y como nos convencieron de que eso era para nuestro bien, entonces queremos ese mismo “bien” para nuestros hijos, porque tenemos el deseo sincero de educarlos y que sean buenas personas. Pero ¡OYE! ¡ALTO! ¡PARA!, antes de repetir el patrón con el que te criaron te has preguntado: ¿de verdad esta es la manera de “educarlos”? ¿de verdad es mejor decirlo a los gritos que con cortesía? ¿de verdad fui una niña feliz cuando me trataron así? ¿de verdad me “eduqué” o es que obedecía por miedo? ¿de verdad quiero que mis hijos me tengan miedo? ¿qué relación estoy propiciando entre mis hijos y yo? ¿cómo se sienten mis hijos en esta relación? ¿cómo me siento yo en esta relación? ¿me gustaría que fuese de otro modo? ¿existe un modo mas amigable y respetuoso de educarlos? ¿te das cuenta de que estás repitiendo un patrón de crianza?

Que bueno sería que todas las madres nos detuviésemos a pensar, a mirar para adentro nuestro, mirar nuestra historia, reconocer nuestras heridas, detectar desde donde actuamos y porque hacemos lo que hacemos, e inclusive algo mas básico como reflexionar sobre si estoy de acuerdo con lo que hago respecto a mis hijos. Podría sorprendernos las respuestas que encontremos.

Que urgente es que las madres salgamos del rol social que se nos ha asignado de "buenas e incondicionales madres", no es que no queramos serlo o que no amemos a nuestros hijos, pero estas etiquetas tan bonitas para la madre, terminan cegándonos, nos impiden analizarnos, mirarnos, nos impiden considerar el hecho de que realmente podemos estar haciendo daño a nuestros hijos. Casi nunca nos creemos capaces de lastimarlos y en realidad a menudo somos las más grandes predadoras de nuestros hijos y una vez mas repetimos el círculo y terminamos dando a nuestros hijos "historias para sanar". Hay que pararlo, cada madre debe revisar su historia de vida y sanarla, no hay otro camino para llegar a ser la madre que nuestros hijos necesitan.

Hay que empezar a tomar consciencia, hay que empezar a trazar el camino y dejar de recorrer el que nos trazaron.

Las madres tenemos un poder tan inmenso que si lo conociésemos en su real magnitud podríamos ver cuán capaces somos de potenciar a nuestros hijos o de desdicharlos para siempre. Es un poder reservado para la madre, quizá por eso la hemos magnificado tanto, quizá por eso nadie se atreve a cuestionarla y sin duda por eso aquí me refiero a la madre y no al padre.

Nadie duda lo mucho que amamos a nuestros hijos, por lo mismo hay que tomar consciencia de las enormes implicaciones que tienen nuestras acciones en sus vidas y en el adulto en que se convertirán.


A bajarse del “pedestal de galardones para mamá” y a MIRAR a nuestros hijos. No hay otra forma de  educarlos y de cambiar el mundo.

2 comentarios:

  1. Es lo mejor que he leído en mucho tiempo. Felicidades por el artículo.

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  2. Me ha encantando el articulo....cuanta razon tiene....

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