martes, 6 de agosto de 2019

¿Por qué Simba no confiaba en sus padres?

Una reflexión para mamá y papá

Este fin de semana fuimos al cine a ver El Rey León, un clásico de Disney, la misma historia que ya todos conocemos pero que en esta ocasión me ha dejado resonando algunas cuestiones:

¿Qué habría pasado si Simba hubiese contado a sus padres las razones por las que fue a las “tierras oscuras”? ¿por qué ni Mufasa ni Sarabi se interesan en averiguar qué llevó a su cachorro a exponerse a tamaño riesgo? ¿cuál es la razón por la que el rey y la reina no advierten a Simba sobre lo peligroso que es el tío Scar? ¿por qué pese a que, tanto Mufasa como Sarabi, son padres cariñosos existe tan escasa intimidad emocional entre ellos y su hijo? lo digo porque Simba parece no contarles sus principales preocupaciones a sus padres: ser valiente, su anhelo de ser rey, encontrar su rugido, su aflicción por haber ido a las tierras oscuras ¿qué habría pasado si Sarabi y Mufasa ayudaban a Simba a comprender y gestionar estas emociones y pensamientos? Muy probablemente Simba no habría necesitado escuchar ni creer al tío Scar y se habría evitado las gravísimas e irreversibles consecuencias que esto le trajo.

Si bien es una película que ya está escrita y que responde a un guion, lo que sucede en ella respecto a la relación entre Simba y sus padres también ocurre en la vida real en las relaciones entre padres e hijos.

Hace poco conversaba con un grupo de niños sobre esta película, varios de ellos estaban enojados con Simba: “¿cómo pudo ser tan tonto? Por su culpa su padre murió”, “¡Simba sí que es bruto! Se equivocó muchas veces”, “¡Sí, fue su culpa!”… en eso una pequeña dijo: “Su papá sólo le prohibió ir a las tierras oscuras, debió explicarle por qué esa regla era importante y estar seguro de que Simba lo entendió”, esta respuesta me sorprendió muchísimo y me arrancó una gran sonrisa del rostro, esta niña pequeña lo había entendido todo, seguramente en su casa las reglas no se imponen arbitrariamente sino que siempre tienen una razón de ser y se explican hasta asegurarse de que todos las han entendido.

Una gran película que me ha dejado dos reflexiones:
  1. La importancia de cultivar la intimidad emocional con nuestros niños, esto es que nosotros seamos un refugio seguro para ellos, un refugio al que puedan llegar y mostrarnos sus miedos, sus errores, sus preocupaciones, sus deseos, sus pensamientos, su vida misma. Para conseguirlo también nosotros necesitamos abrirnos a ellos y, muy importante,  necesitamos escucharlos sin juzgarlos, sin enojarnos, sin atacarlos. ¿Quién querría contar sus íntimos secretos a alguien que se enojará cuando los sepa? Hemos de desarrollar nuestras habilidades para acompañarlos a reflexionar sobre sus equivocaciones y a enmendarlas. Para educar no tienes que despertar miedo, basta con que despiertes y entrenes la toma de consciencia.
  2. Es una peli que también te puede servir para hablarles a tus hijos sobre las personas peligrosas que pueden haber en nuestro entorno, sobre el peligro de ciertos “secretos” como el que el tío Scar dijo a Simba y sobre la importancia de nunca guardar tales secretos. Sin embargo de nada servirá esta plática si no cultivas la intimidad emocional en casa y si tu hijo teme a tu enfado y a la forma en que reacciones cuando te cuente lo que le ocurre o los errores que ha cometido.
Que no te pase como a varios de aquellos niños con los que conversé y no sea que al final de todo no puedas mirar lo que tu pequeño Simba está viviendo dentro de sí y que además le eches la culpa de las consecuencias que han pesado principalmente sobre el mismo, sólo y desamparado, Simba.

Daysi Arcos
Orientadora Educativa Familiar
Coach de Familia e Inteligencia Emocional
Crianza Consciente y Respetuosa
mamialamedida@gmail.com
WhatsApp  0998825873 (+593 998825873)
Cuenca.

domingo, 29 de octubre de 2017

PROTEGIENDO A MIS HIJOS DEL ABUSO SEXUAL

Ante los dolorosos y graves casos de abuso sexual a niños y niñas en las escuelas de nuestro país, que en las últimas semanas han salido a la luz; en uno de nuestros talleres surgió la idea de hacer un taller con niños en donde les acompañemos a entender por qué nadie, nunca debe tocar su cuerpo y la importancia de contarle a un adulto de confianza, si alguien los agrede en cualquier manera.

La idea me pareció interesante, agradecí la sugerencia y aseguré que empezaríamos a buscar la manera de llevarla a cabo. Sin embargo al empezar a reflexionarlo, a recabar información y a revisar los casos de abuso sexual infantil que hemos visto en hombres y mujeres, hoy adultos, que acuden a nuestra consulta, encontramos siempre un patrón: el niño no tiene un adulto a quien confiarle lo que le está sucediendo.

El niño no tiene un adulto a quien dirigirse SIN MIEDO cuando algo le ha salido mal, el niño no tiene un adulto con quien pueda hablar en libertad sin temor a ser juzgado, etiquetado, reprendido o castigado. El niño sabe, por ejemplo, que si al jugar en casa rompió un jarrón será llamado torpe, descuidado, desconsiderado, necio, majadero, inquieto y más. Muchos niños saben que cuando algo les ha salido mal, sus adultos van directamente a la reprensión y al castigo; con frecuencia no hay nadie interesado en saber cuál ha sido la vivencia del niño, cómo sucedieron los hechos y, sobre todo, cómo se siente el niño. Lo más probable es que el pequeño esté asustado con el jarrón roto, que se sienta triste, que quiera remediarlo y no tenga los recursos para hacerlo, y además de todo esto, tenga también que aguantar los sermones, castigos o golpes, de los adultos en los que se supone que debería confiar cuando algo le sucede.

¿Podrá confiar el niño en estos adultos? Supongamos que el jarrón se rompió cuando nadie lo vio ¿será capaz el niño de ir donde mamá o papá y contarle, en calma y libertad, lo sucedido? ¿tendrá el niño la suficiente confianza en sus adultos para decir “mamá, papá, rompí el jarrón, ha sido un accidente”? e inclusive si es que llegara a decirlo ¿le creerán sus padres? O negarán la versión del niño: “¿cómo que ha sido un accidente? Ningún accidente, esto pasa porque eres un descuidado, ya te hemos dicho mil  veces que no juegues en la sala, ¡pero eres necio!, tú no entiendes, no haces caso ¿qué voy a hacer contigo? A partir de ahora, olvídate de esa pelota, te la quito y no te la volveré a dar ¡para que aprendas!”

En este punto, ¿cómo se siente el niño? ¿puede sentirse escuchado, comprendido o amado?. La próxima vez que rompa un jarrón ¿será capaz de contarles a sus padres? ¿o preferirá esconder los restos del jarrón y procurar que nadie, jamás se entere?. En este escenario, reflexionemos: ¿los padres han sido capaces de generar un ambiente de confianza, de intimidad emocional, para que el niño hable abiertamente de lo que le sucede? ¿o acaso están cultivando en su hijo habilidades para esconder la verdad?. Quizá estos bienintencionados padres, sin saberlo, están enviando a su hijo a vivir en soledad los episodios difíciles de su vida.

Si el día de mañana este mismo niño es abusado por un pedófilo, que además se asegurará de hacer sentir culpable al niño por el abuso sexual del que ha sido víctima y lo amenazará con ser el culpable de su propia muerte o la muerte de sus padres si llega a contar a alguien sobre lo sucedido, ¿será el niño capaz de llegar a casa y contar a sus padres lo que le ha pasado? ¿sentirá que sus padres le van a creer, escuchar, comprender? Las experiencias previas del niño ¿le harán pensar que sus padres se pondrán de su lado? Estos padres ¿habrán sido capaces de generar la intimidad emocional suficiente y adecuada para que su hijo pueda hablar de las cosas “malas” que le suceden?

La realidad es que los niños van integrando pensamientos del tipo: “si por un jarrón roto se enojaron tanto conmigo, por esto que me ha pasado con el profesor se enojarán mucho más”. Y es ahí cuando se quedan solos y el abuso (sexual, físico, emocional) empieza a perpetuarse.

Resulta curioso que muchos abusos (sexuales, bullying) se dan día tras día, sin que los padres del niño se enteren, los diferentes organismos de control lo saben y crean campañas para motivar a los niños a que cuenten a sus padres lo que les sucede y eso está bien, no estoy contra esas campañas, pero ¿y si el niño teme que si cuenta a sus padres, éstos también le culpen por lo que le está pasando? ¿y si el niño teme a sus padres? ¿y si el niño tiene la experiencia de que sus padres siempre lo juzgan en lugar de escucharlo? ¿y si el niño sospecha que no van a creerle? ¿podemos pedirle (exigirle) a  este niño que les cuente a sus padres que hay alguien que lo está lastimando?. La verdad es que, es muy difícil que en estas condiciones un niño sea capaz de sentir que cuenta con alguien que vaya a ayudarlo sin juzgarle, ni castigarle.

Por eso pienso que las campañas de sensibilización deben dirigirse también a los padres, somos nosotros los responsables de desarrollar la suficiente conexión e intimidad emocional para que nuestros hijos se sientan en libertad de contarnos LO QUE SEA que les pase o que hagan, que sientan que no serán juzgados, sino que serán escuchados, comprendidos, amados, protegidos, apoyados y educados por los adultos encargados de su bienestar: sus padres.

Ojalá la próxima vez que una pelota rompa nuestro jarrón, podamos decir: “Cariño ¿me cuentas que sucedió?” y escuchemos activamente y con serenidad su respuesta, a partir de esta escucha activa podremos educarlos: “Mi amor, sé que te encanta jugar fútbol y que desearías poder jugar con tu pelota a toda hora y en cualquier lugar, pero dentro de casa hay cosas que pueden romperse si pateamos una pelota, como este jarrón”. De este modo no estamos juzgando al niño, ni lo estamos atacando, al contrario estamos reconociendo sus sentimientos: pasión por el fútbol y a la vez le estamos dando la información necesaria para que sepa las razones por las que no podemos jugar fútbol dentro de casa. Esto es EDUCAR. Al hacerlo de este modo tenemos muchas más posibilidades de que el niño entienda eso que le queremos enseñar.

Cuando educamos desde el respeto y el amor, el niño sabe que sus padres estaremos de su lado cuando algo malo les suceda, que les acompañaremos a aprender lo que necesiten aprender a lo largo de la vida y a comprender lo que conviene y lo que no, y sobre todo, nuestros hijos sabrán que cuando algo malo suceda SIEMPRE SIEMPRE podrán contar con nosotros y con nuestro amor.

Cuando hay un abuso, los niños ya saben que algo malo les ha pasado, no necesitan demasiada información para saber que están sufriendo y que precisan ayuda, pero lo que sí necesitan es saber que habrá un adulto que les creerá y que los rescatará sin antes juzgarle o castigarle y esto no lo aprenden cuando les decimos “me tienes que contar si algo te pasa”, no, eso lo aprenden con lo que viven con nosotros día tras día tras día.

Daysi Arcos
Coach de Familia e Inteligencia Emocional
Crianza Consciente y Respetuosa
mamialamedida@gmail.com
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Cuenca.

sábado, 9 de septiembre de 2017

¿QUÉ HACER CON LAS TRAVESURAS INSOPORTABLES?

Mi hija Eimi de 4 años, quien se maneja bastante bien en el agua, estaba tomando un baño en la bañera yo la observaba como de costumbre, cuando se acercaba la hora de terminar el baño me aseguré de que el nivel de agua fuese el adecuado y que el grifo estuviese cerrado y fui por unos minutos a otra habitación para buscar un par de toallas, al volver casi no podía creer lo que veía: mi piso de madera del vestidor que se encuentra afuera del baño estaba inundado y el agua seguía corriendo, pregunté a mi hija si sabía que había sucedido y con su carita de susto me dijo que no lo sabía, pensé que estaba igual de asustada que yo por la cantidad de agua que corría por nuestro pasillo y se dirigía hacia las habitaciones, me apresuré, corrí por una cubeta y unos trapos, secaba el agua tan rápido como podía, mientras no lograba entender que había pasado, pensé que quizá alguna tubería se reventó, algo se rompió en el desagüe, alguna falla hubo en la bañera; mi hija no podía haber regado con sus manos tal cantidad de agua, pensaba yo. Saqué a mi pequeña de la bañera, la abrigué en la cama, y seguí secando. Mientras tanto ella me preguntaba repetidamente: “mami ¿por qué se regó el agua?” al principio me pareció que estaba tan preocupada como yo por la pequeña “inundación” que nos sorprendió.

Mientras continuaba con la inesperada tarea, vi que dos cubos que tenemos junto a la bañera estaban llenos de agua calientita, era agua de la bañera que no había ido a parar en los cubos mágicamente, entonces supe que mi hija tuvo no sólo algo, sino TODO que ver con nuestra nueva laguna de interiores. Después da varios minutos de trabajo, al fin conseguí secarlo todo.

Me acerqué a mi niña que para ese momento ya se había vestido y tuvimos esta conversación:

Mamá: “Eimi, encontré agua en los cubos que están junto a la bañera, eso me muestra que de algún modo el agua estuvo saliendo de la bañera ¿tú sabes cómo fue que el agua salió”
Eimi: “El agua se salió solita”
Mamá: “De modo que el agua salió solita”
Eimi: “Sí, se salió solita haciendo olas”
Mamá: “¿Y cómo fue que el agua pudo hacer olas?”
Eimi: “El agua hizo así: pppssshhhh” y con sus manos me indicaba el movimiento de olas que el agua había hecho
Mamá: “¿Tú ayudaste al agua para que pueda hacer olas?”
Eimi: “Sí, yo la ayudé saltando con todo mi cuerpo sobre el agua para que se hagan olas grandotas”

En ese momento supe lo que había sucedido y me di cuenta de que mi hija necesitaba entender que era lo que sucedía cuando hacemos “olas” en la bañera, supe que sería inútil gritar sobre el agua derramada, lo realmente útil era enseñarle las consecuencias de lo que había hecho y ayudarla a conseguir un aprendizaje que le sirva de ahora en adelante. Después de todo nunca antes habíamos hecho “olas” en la bañera y nadie le había enseñado nada al respecto. La conversación continuó:

Mamá: “Eimi, cuando hiciste olas ¿crees que salió poca o mucha agua hacia el piso?”
Eimi: “Yo creo que salió poca”

Me di cuenta de que Eimi en realidad no sabía la dimensión de lo que había sucedido, en un instante entendí también que ella no tenía por qué saberlo pues no lo vio; el gran desastre estaba afuera del baño y ella estaba dentro, cuando la saqué la cubrí hasta la cabeza (ojos incluidos) con toallas para protegerla del frío y la dejé en la cama, así que Eimi nunca vio lo que en realidad había pasado, sólo escuchaba mis expresiones de susto. Era necesario mostrárselo, las huellas de humedad aún eran evidentes.

Mamá: “De modo que piensas que salió poca agua”
Eimi: “Sí, yo pienso que salió poca”
Mamá: “Eimi ven conmigo, hay algo que quiero mostrarte” la llevé al vestidor y al baño y señalándole las grandes marcas que el agua dejó le dije:

Mamá: “Mira hasta donde llegó el agua, mojó nuestro piso de madera hasta acá, mira que lejos del baño el agua llegó, mira por este otro lado, todo esto se llenó de agua, mira dentro del baño, absolutamente todo el cuarto de baño se mojó y mira cuánta agua hay en los cubos. ¿Eso te parece mucha o poca agua?”
Eimi (sorprendida): “Mucha, mucha agua”
Mamá: “Mucha agua adentro de nuestra casa ¿le hace bien a la casa o le hace daño?”
Eimi: “Le hace daño a nuestra casita”
Mamá: “¿Te gusta que algo le haga daño a nuestra casita?”
Eimi: “No, no me gusta que le haga daño. Pero nuestra casita no tiene boca”
Mamá: “Es verdad, no tiene boca. ¿Y si la casita no tiene boca, quienes tienen que cuidarla?”
Eimi: “Las personas”
Mamá: “Sí cariño, es cierto. ¿Qué personas viven en esta casita?”
Eimi: “Tú, papi, mi ñaño y yo”
Mamá: “Entonces ¿quiénes son las personas que deben cuidar nuestra casita?”
Eimi (sonriente y entusiasmada): “¡Nosotros!”
Mamá: “Sí mi amor, nosotros. ¿Te parece que hacer olas en la bañera que riegan el agua hacia el piso, es cuidar la casita?”
Eimi: “No, eso daña la casita, no lo volveré a hacer nunca jamás”
Mamá: “¡Wow Eimi! Hoy has aprendido algo muy importante.”

Sus bracitos rodearon mi cuello y yo la abracé entera, sintiéndome feliz por el aprendizaje útil que mi hija acababa de adquirir, feliz por haberla acompañado en ese aprendizaje y feliz por comprobar una vez más que el camino para la verdadera educación, esa educación que sirve para toda la vida, es el camino de la empatía, del diálogo, del respeto, del amor. Ojalá hubiese tenido una cámara en el momento mismo que todo sucedía, ojalá hubiese podido hacer un video de esta conversación, me habría encantado mostrarlo al mundo, porque me duele en el alma cada vez que un video o foto de un padre o madre que humilla públicamente a sus hijos es tan aplaudido en las redes y con ello sigue fomentando la cruel creencia de que para educar a un niño hay que ignorar sus sentimientos, juzgarlos y presionarlos hasta que hagan exactamente lo que sus padres quieren.

Parecería que hemos olvidado cómo nos sentíamos cuando siendo niños éramos tratados de ese modo y lo que es peor pensamos que  A MÍ NO ME TRAUMARON, A MÍ ME EDUCARON, espero que testimonios como éste y tantísimos otros nos acerquen a una crianza más respetuosa y llena de amor con los niños de nuestra vida.

Daysi Arcos
Coach de Familia e Inteligencia Emocional
Crianza Consciente y Respetuosa
mamialamedida@gmail.com
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Cuenca.

lunes, 27 de marzo de 2017

LOS NIÑOS QUE SE PORTAN MAL, SON NIÑOS CON NECESIDADES INSATISFECHAS


En un momento de mi vida, luego de haber decidido que dejaría atrás los ambientes y horarios de oficina para dedicarme a ser madre a tiempo completo, se me ocurrió la idea de montar un negocio propio que me permitiese trabajar desde casa a la vez que estaba con mis hijos, que en aquel tiempo tenían 5 meses la pequeña y 4 años el mayor. Lamentablemente la idea no fue correctamente analizada desde el principio, no pude darme cuenta a tiempo de que el modelo de negocio que había elegido, en realidad no me dejaría espacio para compartir con mis hijos, jugar, cuidarlos, pasear, hacer tareas, conectar con ellos, regalarles mi presencia, ni ninguna otra cosa que requiera tiempo y serenidad.

Sin darme cuenta cada vez estuve más y más involucrada en mi negocio, la jornada habitual estaba entre 11 y 12 horas diarias, en ocasiones llegaba a trabajar 14, 16 y hasta 23 horas seguidas. Al terminar cada jornada únicamente necesitaba dormir, por supuesto en ese estado era absolutamente incapaz de regalar cantidad ni, mucho menos, calidad de tiempo a mis dos pequeños.

El tiempo que tuve el negocio aquel, es hasta hoy una de las épocas de amargo recuerdo para mi esposo y para mí, y seguramente que lo es también para el inconsciente de nuestros dos pequeños tesoros. Durante esos días mis hijos pasaban por dos estados: no tener madre o tener una madre agotada y estresada hasta el extremo. ¡Pobres mis chiquitos!

Sin embargo, esta etapa me mostró de forma clara y contundente una indiscutible verdad: Los niños que se “portan mal” son niños con necesidades insatisfechas.

¡Sí! Niños que no tienen satisfechas sus necesidades básicas de: sentirse amado, importante, seguro, protegido, aceptado, validado, comprendido, contenido y acompañado; necesidades básicas de: presencia de un adulto disponible para ellos, juego, conexión, auténtica presencia… en fin, necesidades que sólo pueden satisfacerse cuando hay un adulto con tiempo y calma para acompañar a los pequeños en su día a día.

Durante este tiempo tuve la oportunidad de desconocer a mi hijo, se había convertido en un niño
“problemático”, por donde iba se metía en líos, era una bomba de agresividad y grosería, no lograba integrarse a grupos de otros niños pues su interacción con ellos terminaba con frecuencia en conflicto. Cada vez que surgía un inconveniente causado por mi pequeño, yo me enfurecía y pensaba “a este niño hay que educarlo” y usaba todas las estrategias que todo el mundo recomienda usar: lo regañaba, lo castigaba, lo sermoneaba, le quitaba privilegios, lo mandaba a la silla de pensar, le pedía que reflexione sobre su comportamiento (a sus cortos 4 años) y me enfurecía ante su escasa reflexión.

Para mi sorpresa y desesperación, todas estas medidas no daban los resultados que los libros, los psicólogos, las vecinas, las otras madres y hasta los programas de tv, decían que debían dar. Al contrario habíamos caído en un doloroso círculo vicioso: mi hijo se comportaba mal, yo me enfurecía, lo castigaba, mi hijo se portaba peor, yo me enfurecía más y el ciclo se repetía. Y así, metidos en una bola de nieve cada vez más densa y pesada, veíamos como la relación con mi hijo se destrozaba y como yo había perdido totalmente el control sobre la conducta y educación de mi niño.

Sé que hay niños a quienes los castigos logran intimidar y sus padres tienen perfectamente controlada la conducta de sus hijos. Son niños a quienes han logrado adiestrar y su vivencia es dura y triste, con consecuencias que perduran al paso del tiempo, no fue éste el caso de mi hijo y no es de estos niños de quienes hablo en este post.

Al cabo de un año me dije: ¡No más! ¡No es así como quiero relacionarme con él! ¡No quiero que siga viviendo sin madre y teniendo que defenderse de su madre! Decidimos cerrar el negocio, jamás me arrepentiré de esa decisión ¡ojalá la hubiese tomado antes!

Cuando cambiamos de vida y mis hijos empezaron a tener una mamá que se sentía más en calma, más serena, menos estresada, más a gusto con la vida, es decir una mamá más feliz consigo misma, mi hijo cambió “por arte de magia”. Lo sé no fue magia, fue el alto que hice a mi vida, fue el pararme a pensar qué decisión era la mejor para nuestra vida de familia, qué era lo que realmente mis hijos necesitaban: si más dinero o más mamá; fue el amoroso apoyo de mi esposo para dar prioridad a la crianza de nuestros hijos, fue el darme cuenta que había dejado a mi hijo a que se defienda sólo ante el mundo y que lo hacía de la mejor manera que a su corta edad lo sabía hacer, fue darme cuenta de que mi hijo resolvía sus asuntos de la forma en que podía y que no contaba con mamá para ello, mamá estaba demasiado ocupada, mamá estaba en casa pero no estaba con él, fue el darme cuenta de que mi hijo me necesitaba con urgencia y que sólo yo tenía el poder de satisfacer su necesidad.

Una vez que pasé por esta dolorosa pero iluminadora toma de consciencia comencé a ser capaz de conectar día a día, tarde a tarde con mis niños y pude ver a mi hombrecito transformarse desde el primer día. Toda vez que tuvo la atención y mirada absoluta de mamá, su comportamiento inmediatamente era mucho más colaborador, empático, respetuoso, solidario, amigable… nunca antes estuvo más claro para mí, aquello de que “los niños son el reflejo de lo que viven”.

Poco después me llegaría el descubrimiento de la Crianza Consciente, un camino lleno de luz y aprendizaje. Este aprendizaje tuvo varias maestras, una de ellas ha sido Sandra Ramírez a través de su libro “Crianza con apego. De la teoría a la práctica”, es una lectura obligada para quienes quieran ejercer este tipo de crianza, el fundamento científico en el que Sandra asienta sus conceptos es claro, contundente e iluminador.

En el octavo capítulo, Sandra habla de los métodos conductistas: la silla de pensar, el tiempo fuera, el mágico 1, 2, 3… y muestra cómo los niños pequeños no tienen la madurez necesaria para analizar y reflexionar su comportamiento; lo único que los niños logran entender es que se trata de un castigo y en los casos en que estos métodos “funcionan” es porque han logrado infundir miedo en el niño, lamentablemente funcionan únicamente mientras dure el miedo, por tanto, en cuanto el niño crezca lo suficiente para ya no sentir miedo o en cuanto mamá y/o papá no se enteren de la falta cometida, se sentirán libres para comportarse como les venga en gana pues no hay nada que temer. Fruto de aquello nuestros hijos se vuelven hábiles para la mentira y sigilosos para esconder la verdad. Por lo tanto estos métodos si bien pueden llegar a controlar la conducta de nuestros hijos, no nos ayudan a auténticamente educarlos, transmitir valores, ni a que aprendan las verdaderas razones por las que conviene tener un comportamiento diferente.

La lectura del libro de Sandra, aclaró mis ideas respecto a que para educar a nuestros hijos ellos necesitan de nuestro acompañamiento, de nuestra guía para que puedan reflexionar, de nuestras preguntas acertadas para ayudarlos a comprender por qué su comportamiento fue inadecuado y de nuestro amor para generar aprendizajes que perduren a lo largo del tiempo y que sean una ayuda útil a la hora de relacionarse con los demás o de cumplir con sus obligaciones.


Hoy es absolutamente claro para mí, que cuando una madre o un padre se siente desbordada/o por el comportamiento de su hijo o hija, si siente que ya lo ha hecho todo y que nada funciona para mejorar la situación, es urgente revisar su relación con su hij@, su tiempo y conexión juntos y el ejemplo que le está regalando para la resolución de conflictos. Los hijos son un maravilloso, y a veces doloroso, espejo, suelen estarnos mostrando las cosas que están por corregir en nosotros mismos.

Daysi Arcos
Coach de Familia e Inteligencia Emocional
Crianza Consciente y Respetuosa
mamialamedida@gmail.com
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Cuenca.

miércoles, 15 de marzo de 2017

MIS HIJOS ME HACEN CASO

Porque cuando los mandas a callar de un grito,
ciertamente se callan.

Porque cuando tu voz es fuerte e imponente
es verdad, hacen lo que pides.

Porque cuando alzas tu mano contra sus pequeños cuerpos,
es cierto, se vuelven “obedientes”.

Porque cuando amenazas con castigos,
realmente te creen y se vuelven marionetas que se mueven a tu antojo.

Porque cuando tiras de su oreja, de su pelo o de su brazo,
les causas tanto terror que harán lo que sea que mandes.

Porque cuando ven tu rostro enfurecido,
saben que están en problemas y que no cuentan contigo, con nadie, para salir de esa.

Porque cuando los encierras en su habitación hasta que “se calmen”,
saben que afuera los espera su verdugo: ¡Tú!
y saben que no es seguro salir mientras tú no estés en calma.

Porque a nosotros nos criaron así, de este modo, con este nivel de violencia.
Y nos repitieron una y mil veces que era por nuestro bien,
y nos lo creímos.

Nos lo creímos al punto que hoy repetimos esa misma violencia en nombre del amor
y ¡NO! No lo estás educando,
lo estás intimidando.

No te respeta, te teme.

Y se callan, ¡Sí! se callan, mucho más de lo que quisieras
y te enteras de mucho menos de lo que te gustaría.

Y hacen lo que pides ¡Sí! Y quizá se pasen la vida entera haciendo lo que otros piden,
renunciando a sí mismos, incapaces de luchar por sus propios anhelos,
después de todo así es como les has enseñando a ganarse tu amor.

Y te obedecen ¡SÍ! Pero se están tragando la rabia y el sabor a injusticia que les causas.

Y creen en tus amenazas ¡SÍ! Saben que eres irracional cuando castigas,
así te ven, así te recordarán.

Y hacen lo que mandas ¡SÍ! No quieren más dolor en su cuerpo
ni más dolor en su alma, causado por quien más aman: ¡TÚ!

Y obedecen tan sólo con tu mirada ¡SÍ! Saben de lo que eres capaz,
te han visto herirlos, no quieren correr el riesgo
¡SÍ! Tu sola mirada es capaz de aterrarlos y volverlos sumisos.

Y tu rostro ¡ay ese rostro enfurecido!
¡que se entere este niño de lo enojado que estoy!
¡SÍ! Se ha enterado, mucho más de lo que te gustaría.

Y ha entendido que ante sus errores, no serás tú quien lo comprenda, lo apoye ni lo ayude.

Y ha aprendido el poder de la mentira para salvarlo de tu ira
y va ganando experiencia en ocultarte la verdad, en evadir, en maquillar historias, en disimular, en… ¡lo que sea que lo salve de ti!

Y tú estás tranquilo, y quizá hasta orgulloso, seguro de tener un hijo “bien educado”, ignorando el daño que le causas, el dolor, la soledad, el vacío, el desamparo, el trauma que estás imprimiendo en tus hijos y que cargarán por los años de su vida.

Y tú estás tranquilo ignorando tu propio daño, dolor, soledad, vacío, desamparo, trauma… que causaron tus adultos en tu infancia, seguro de estar perfecto hoy en día, seguro de que hoy eres “bueno” gracias a la violencia con que te trataron, incapaz de abrazar tus propias heridas, incapaz de comprender amorosamente que todo eso que hoy no te gusta de ti, proviene del niño que fuiste.

Y tú estás tranquilo, repitiendo tu historia en los niños de tu vida.

¿Te has puesto en la piel de tu hijo? ¿Has sentido su sentir?

¿Se puede educarlo tratándolo bien? ¡SÍ! Se puede, se debe. Aprenden con el ejemplo, con TU EJEMPLO. Si te ven tratarlos con respeto, con amor, con buen modo, resolviendo los conflictos desde la armonía, escuchando la opinión de todos, buscando soluciones, explicando razones, gestionando tu ira, controlando tu rabia, decidiendo amarlos cada día ¿qué otra cosa podrían aprender?



Daysi Arcos
Coach de Familia e Inteligencia Emocional
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martes, 13 de diciembre de 2016

¿QUE HAGO CON LAS RABIETAS?

El día de ayer salía con mucha prisa de casa, era medio día y sentía que moría de hambre pues aún no había almorzado y me faltaba un buen rato para hacerlo, así que antes de salir tomé una manzana y empecé a mordisquearla, al llegar a la puerta de calle, necesitaba poner los seguros que habitualmente usamos y mientras lo hacía la manzana cobró vida y empezó a resbalarse de mis manos, cual malabarista hice todos los intentos por salvarla, saltó a mi mano izquierda, luego a la derecha, luego izquierda otra vez y finalmente ¡pum! al suelo, en medio segundo estuvo cubierta de tierra ¡ya no servía!... ¡que rabia sentí! ¡que iras! ¡que frustración! ¡¡con el hambre que tenía!!, el tiempo no me permitía volver a abrir la puerta para regresar por otra fruta, tuve que irme así: enojada, frustrada y aún con hambre.

Tomé el autobús y me quedé pensando en lo sucedido, mientras trataba de distraer a mi estómago vacío, pensé: ¿Qué habría pasado si en lugar de ser yo quien perdió la manzana habría sido uno de mis hijos? ¿cuál hubiese sido mi reacción? ¿qué habrían sentido ellos?

Imaginé la siguiente escena:
Mi hijo y yo saliendo muy apurados de casa, con el tiempo justo y de repente
Mi hijo: Mami, mami, tengo hambre, mucha hambre
Yo: Toma esta semana, te ayudará hasta que podamos almorzar
Luego de haber puesto todas los seguros de casa, a mi hijo se le cae la manzana al piso y explota en llanto… comienza una rabieta
Yo: ¡Pero caramba! Debiste tener cuidado ¿no que tenías hambre? Si tenías hambre no debiste tirarla
Mi hijo: (llorando a pulmón lleno) pero maaaami!! Se me cayó, tengo hambre
Yo: Si tienes hambre debiste haber tenido cuidado, ni modo ahora te aguantas. ¡Y ya para de llorar! Tú la botaste, no yo. Yo te di la manzana y tú la botas. ¡Basta de llorar he dicho! Todo esto es culpa tuya ¿por qué lloras? ¡YA! ¡Silencio!

Y mi niño seguramente habría hecho el silencio que tanto exigí, pero su carita seguiría llena de tristeza y de lágrimas, y él tratando de contener su dolor para hacer lo que mamá pide. En este punto no sé qué dolor sería mayor: si la rabia y la frustración por no poder disfrutar de su manzana o los gritos de mamá.

Debe partir el alma pasar por un momento tan estresante y que la persona más importante de tu vida haga más grande tu pena con sus gritos y sermones. Debe ser un gran dolor no poder contar con mamá cuando más la necesitas. Seguro que sí, debe ser un gran dolor que sea mamá quien se encargue de hacer aún más difícil tu sufrimiento.

Imaginar esta situación me estremeció el corazón, afortunadamente hace algunos años que aprendí a manejar con respeto y empatía las rabietas de mis hijos y puedo acompañarlos en la manera que necesitan en cada situación. Pero antes de aquel cambio es muy posible que mi reacción habría sido como aquella que imaginé y tristemente cuando voy por la calle veo a muchas madres, padres, abuelos y abuelas tratar con esa dureza a sus niños.

Me permití hacer una reflexión: si a mí que soy una  persona adulta me ha costado un buen rato aceptar la pérdida de mi manzana y resignarme a no saciar mi hambre en ese momento ¿cuánto más le costará a un niño?... yo no me puse a llorar a gritos por mi manzana porque en mi condición de adulto ya no requiero llorar con el alma por ese motivo  y además porque me daría vergüenza hacerlo, pero un niño sí que requiere llorar intensamente para expresar su frustración, aún no sabe hacerlo de otra manera, su madurez aún no le permite gestionar sus emociones estresantes con mayor armonía, sencillamente aún les cuesta muchísimo, peor aun cuando ven que mamá o papá gestionan su rabia con gritos o golpes.

Esta manzana mía en el suelo, me ayudó a entender que hay ciertas cosas que aún sin ser graves pueden causarnos gran malestar y alterar nuestro estado de ánimo sin importar que edad tengamos. Entendí que también a los niños hay cosas, que sin necesidad de ser gravísimas, los alteran, les producen malestar y que la forma más sencilla para ellos de expresar esa molestia es a través del llanto. Ese llanto que tan mal toleramos los adultos y que tanto nos fastidia. Es triste muy triste mirar que cuando un niño llora el adulto sólo es capaz de mirar la molestia que le producen las lágrimas de su hijo y en esa molestia se concentra y empieza a exigir silencio al niño ¿silencio para qué? Para yo seguir tranquilo, para estar en “paz”, para no escucharte porque no me gusta escucharte, he escuchado a madres decir: “si vas a llorar vete a donde yo no te escuche”… como si el niño estuviese llorando por placer, por diversión, porque así lo ha decidido. ¿Existe acaso alguien en el mundo que disfrute llorando a gritos? No lo creo, al menos no un niño.

El niño que llora, que hace rabieta, necesita lo mismo que cualquier persona cuando llora: ¡consuelo!, un abrazo, una palabra de aliento, un “te entiendo”, un poco de caridad, de compasión, de amor. No importa el motivo, para alguien puede ser una tontería que una manzana se caiga al suelo, en ese momento para mí era la diferencia entre saciar mi hambre o no, por lo tanto era importante. De igual manera los niños tienen sus propias cosas importantes y cuando las pierden o no las consiguen, sienten molestia y necesitan expresarla.

Un niño en plena rabieta, es una persona expresando un profundo malestar, es un ser humano llorando a gritos, pidiendo ayuda a gritos. Está claro que no siempre podremos darle aquello que desean, pero siempre podremos darles aquello que necesitan: nuestro amor, nuestro abrazo, nuestra compañía y comprensión, mientras superan su mal momento.

Pienso en cómo me gustaría que habría sido esta escena imaginaria con mi hijo:

Mi hijo y yo saliendo muy apurados de casa, con el tiempo justo y de repente
Mi hijo: Mami, mami, tengo hambre, mucha hambre
Yo: Toma esta semana, te ayudará hasta que podamos almorzar
Luego de haber puesto todas los seguros de casa, a mi hijo se le cae la manzana al piso y explota en llanto… comienza una rabieta
Yo: ¡Ay cariño cuanto lo siento! ¡con el hambre que tenías!
Mi hijo: (llorando a pulmón lleno) pero maaaami!! Se me cayó, tengo hambre
Yo: Lo sé y sé lo horrible que es tener hambre y no poder comer enseguida. Lamento que no podamos volver por otra manzana, pero si nos apuramos muy pronto estaremos almorzando.

O quizá habría tenido que conformarme con acompañarlo en silencio y mostrándome disponible para cuando necesite de mí y de mi regazo, cuando está muy tenso no siempre le son agradables mis palabras, en ocasiones la mejor compañía se la hace desde el silencio.

Es posible que  mi niño siguiera llorando y lamentándose por su manzana perdida, pero esa será su única pena, no tendrá encima el dolor de los gritos de mamá, y aunque esté en un momento difícil sabrá que mamá está de su lado y que aunque no tenga manzana, tiene la comprensión y el abrazo de mamá. Segurísimo que al poco rato habríamos estado viajando abrazadísimos en el autobús, se habría calmado en mis brazos y tan pronto como fuera posible le buscaría algo de comer.

Aclaro que haría todos los esfuerzos por volver a entrar a la casa para coger otra manzana y dársela, pero no siempre es humanamente posible darles lo que piden justo en el momento.

Finalmente quiero compartirles que una de las cosas que más anhelo para mis hijos es que cuando crezcan su corazón sienta: “yo siempre he podido contar con mamá, siempre, incluso cuando sólo se trataba de una manzana en el suelo”.


Daysi Arcos
Coach de Familia e Inteligencia Emocional
Crianza Consciente y Respetuosa
WhatsApp  +593 998825873
Cuenca.

viernes, 7 de octubre de 2016

LO QUE LA MATERNIDAD PUEDE HACER POR TI

La maternidad a diferencia de otras cosas, no te permite dejarlo a medias, abandonarlo cuando ya te cansaste, retirarte porque has perdido el interés, o simplemente renunciar. No se puede, ni se quiere, hacerlo porque está en juego lo que más te importa en el mundo.

Entonces te vuelves buscadora de la verdad, de la fuerza, de recursos, de nuevas maneras.

Buscas lo que puede ser mejor. Lo que falta, lo que aún no has hecho. Lo que podría funcionar para ti, para ellos.

Y terminas por descubrirte, por conocerte a ti misma. 

Entiendes que tu hijo es tu espejo y que lo que no te gusta de él tiene mucho que ver contigo, con tus heridas, con tu historia,  con lo que fuiste y viviste y con lo que hoy eres y vives.

Y te das cuenta que necesitas entenderte, aceptarte, abrazarte y curarte, tomas consciencia como antes nunca. Buscas ayuda. Buscas recursos.

Y empiezas a liberarte, a deshacerte de todo aquello que te pesa, que no te aporta, que no te suma.

Y descubres que tienes luz, que no todo tiene que ser lo que era. Ves que puedes transformarte y transformar tu realidad y  dar a tus hijos el camino para que sean felices, grandes, plenos. Darles una historia en la que al crecer no tengan nada que sanar.

Y descubres mamá que puedes hacerlo. Que realmente eres capaz, que puedes ser más feliz. Que la felicidad está en ti y que solo tienes que aprender a mirarla, y te das cuenta que en verdad tu vida y la de tus hijos puede y debe ser más hermosa y completa.

Y entonces entiendes mamá que tus hijos son tus maestros y que nada en la vida puede engrandecerte tanto como tu maternidad!!

Daysi Arcos
Coach de Familia e Inteligencia Emocional
Crianza Consciente y Respetuosa
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viernes, 30 de septiembre de 2016

EL DOLOR DESPUES DEL GRITO


Yo, al igual que muchas, me descubrí un día siendo una madre insoportable, brava, explosiva y gritona, supe que no quería seguir así, la tristeza de mis hijos luego de mis explosiones era algo que me partía el corazón. Cuando busqué ayuda en internet lo primero que encontré fue un desafío que proponía parar de gritar a los hijos y llevar la cuenta de los días sin gritos, me pareció que era justo para mí, entonces me hice una tabla con los días de la semana y cada día en que no había gritado me ponía una carita feliz. Al principio funcionaba y cada día no gritado era un verdadero logro que me enorgullecía, buscaba “tips” que me ayuden a contener mi furia y no puedo negar que llegaron a serme muy útiles por algunas semanas.

Durante ese tiempo pude darme cuenta de que existían otras formas de vivir mi maternidad y de educar a mis hijos, todos estábamos mas felices. Entonces quise conocer más, aprender más y empecé a encontrar libros y personas que me aportaron una nueva visión sobre la crianza.

Más tarde comencé procesos formales de formación, capacitación y crecimiento,  conocí la crianza consciente ya no sólo como una opción o convicción sino con todo el respaldo científico que hoy tiene.

Estos conocimientos abrieron mi mente y corazón a mundos que ni siquiera sabía que eran posibles al criar, transformó completamente mi modo de ver la crianza y de ver a mis niños. Me ayudó a quitarme tantísimos prejuicios que la sociedad me había puesto sobre “educar” a mis hijos , empecé a verlos con respeto, fui aprendiendo a empatizar con ellos, es decir ponerme en su lugar, recordar cómo me sentía yo cuando era niña y me trataban así, empecé a esforzarme por mirarlos con el mismo respeto con el que miro a mi hermana o a mis amigos, empecé a darme cuenta de que yo era más amable y paciente con mi vecina que con mis hijos, empecé a esforzarme conscientemente por tratarlos como trataría a cualquier adulto en la misma situación.

Un ejemplo que leí en uno de los libros me ayudó a mirar que si mi mejor amiga me visita y rompe
uno de mis jarrones, yo me desharía diciéndole “no te preocupes” “no pasa nada” “tranquila” “no hace falta que recojas, yo lo haré” y me empeñaría en que mi amiga se sienta bien y podamos seguir disfrutando de la tarde; PERO si mi hijo hubiese tenido exactamente el mismo accidente yo no hubiese sido tan amable, sino todo lo contrario. Dibujar este ejemplo en mi mente me conmovió profundamente, pude ir entendiendo que a los adultos que sí cuentan con recursos para solucionar sus problemas, nosotros solemos ofrecerles generosa y amablemente nuestra mano, pero a nuestros niños que no tienen todavía los recursos emocionales para superar sus dificultades les negamos nuestra ayuda e incluso agrandamos su pena con nuestros gritos y castigos y los dejamos bastante solos en su tristeza.

Cambiar mi estilo de crianza fue posible únicamente cuando comprendí en profundidad y con plena consciencia que la causa de los conflictos no era el comportamiento de mis hijos sino mi escasez de recursos para llevar una buena relación con ellos y para educarlos y enseñarles los límites desde el respeto y el inmenso amor que les tengo.

El desafío de dejar de gritar, fue importante porque fue la puerta que me abrió el camino hacia conocimiento sorprendente sobre mis niños y sobre su crianza. Descubrir esto me ha transformado mucho mas allá de mi maternidad, pero debo decir que el desafío por sí solo no es suficiente, o al menos a mí no me fue suficiente, el firme propósito de no volver a gritar, las autopromesas y el contar días, no alcanzan para conseguir una verdadera transformación de nosotras y de la vida que ofrecemos a nuestros niños.

Es indispensable educarse, leer, informarse, aprender, interiorizar, meditar, hacer introspección, reflexionar. ¿Por donde comenzar? No se cual sea el “mejor” camino, solo puedo decir que mi camino comenzó por la lectura de libros que rompen los viejos esquemas de crianza, pero la transformación profunda me vino a partir de un proceso de Coaching que tuvo el poder de llevarme a otro nivel, me ayudó a comprenderme tanto, a entender de donde me venían los gritos, la rabia, la impaciencia, pude ver claramente la tremenda escasez de recursos que tenía a la hora de gestionar los conflictos con mis niños, pude entender que había un gran abismo entre lo que yo daba a mis hijos y lo que ellos necesitaban. Me di cuenta que yo me agotaba haciendo tanto por ellos y en eso me consumía, sin parar a mirar que a lo mejor ellos no necesitaban todo eso, simplemente necesitaban a mamá un poco más calmada, más disponible, más feliz. Entendí que no se trata de “esforzarse” más, sino de entender qué es lo que ellos en verdad necesitan y que no. 

Pude ver que mis gritos salían en “modo automático” y entendí los porqués de ello, entenderlos me ayudó a controlarlos, poco a poco fui desactivando mis automáticos, fui siendo cada vez mas dueña de mí misma y de mis reacciones. Aprendí a escuchar a mis niños, no solo a sus palabras, sino también a sus gestos, a sus emociones y hasta a sus enfermedades y alergias. Mil veces fui testigo de que cuando mis hijos se “portan mal” es porque se “sienten mal”, desarrollé mi habilidad para detectarlo y gestionarlo a tiempo. Descubrí una inagotable fuente de recursos dentro de mí misma para disfrutar de la vida con mis hijos y para educarlos ya no desde los sermones, los castigos o los premios, sino desde las vivencias diarias, desde la armonía, desde la vida misma. Me transformé, dejé salir la luz que siempre estuvo en mí,  la descubrí, pude convertirme en luz para mis hijos, la vida se volvió más linda.
Tan poderoso fue el impacto de este cambio en nuestra vida de familia, que estudié y me capacité para poder llevar esta riqueza y equilibrio a tantas madres y padres que se sienten desbordados por la crianza y divididos entre el dolor que causan los gritos y el temor a no educarlos bien.

Todos somos diferentes, para cada uno sin duda el camino podrá ser distinto, pero de lo que estoy plenamente segura es que no basta con llenarse de tips y prometerse no volver a gritar, hay que ir mas allá, hay que crecer y aunque hacerlo cueste trabajo y tiempo, es hermoso y no sólo que vale la pena, VALE LA VIDA!!

Daysi Arcos
Coach de Familia e Inteligencia Emocional
Crianza Consciente y Respetuosa
WhatsApp  +593 998825873

Sesiones online y presenciales.
Cuenca.

jueves, 25 de agosto de 2016

A MI NO ME TRAUMARON, A MI ME EDUCARON

Cuando hablamos de educar a nuestros hijos y en general educar a los niños, por alguna razón, esa expresión se liga a ideas como: “en una mano la hiel y en otra la miel”, “hay que castigarlos por su bien”, “lo corrijo a tiempo, mañana me lo agradecerá”, “tienen que aprender a obedecer”, por mencionar solo algunas.

Hoy quisiera preguntarte ¿sabes tú cuál es ESA razón? ¿sabes cuál es la razón por la que asociamos el educar a los niños, con la firmeza, la mano dura, los castigos, los premios, el “no mimar”, etc.? ¿lo sabes? ¿te lo has preguntado alguna vez? ¿has cuestionado esa creencia? ¿Sabías que esto es una creencia y no necesariamente una realidad?.

La mayoría de nosotros crecimos en ambientes donde el adulto fue la autoridad máxima, su palabra era irrefutable y sus órdenes se cumplían a las buenas o a las malas; esos adultos a su vez cuando niños fueron criados también de esa manera y los adultos que los criaron a ellos de igual forma, y así podríamos regresar muchas generaciones atrás y descubrir que desde hace siglos seguimos heredando el mismo patrón de crianza, con alguno que otro cambio, con nuevos escenarios de vida, con algunas nuevas comodidades, en fin, pero la idea central de la educación a los niños sigue siendo la misma: “el adulto tiene la razón y sabe lo que el niño necesita, por tanto el niño obedece”. En la medida que el niño cumpla con esta regla de oro será un “niño bueno” (y el hijo envidia de todo el vecindario) y si deja de cumplirla, empieza a ser el “niño problema”.

Es cierto que casi todos nosotros crecimos cumpliendo esta regla y hoy somos “buenas personas”, no robamos, no matamos, hasta somos profesionales, quizá hasta tenemos un buen trabajo, hemos formado una familia y vivimos plenamente “felices”. Es verdad. La mayoría de nosotros no está en la cárcel ni en un siquiátrico. Entonces nos convencemos (al igual que nuestros abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y mas) que nuestro “éxito” en la vida se debe a esa mano dura que ejercieron con nosotros. Y por supuesto que estamos convencidos de aquello, si mamá y papá lo decían a diario “es por tu bien” entonces no queda duda, fue por nuestro bien y de no habernos dado aquella nalgada a tiempo, quien sabe y hoy seríamos asesinos en serie!! Así, menos mal que pasamos 3 horas llorando solos y sintiéndonos inútiles en nuestra habitación ¡uff! que alivio, ¡ojalá hubiese llorado un poco más y habría garantizado que jamás nunca en la vida iré a prisión!

Hace un tiempo hice una encuesta entre mis conocidos, lectores y seguidores, preguntando cuál era el mejor recuerdo que tenían de su infancia, todos tenían recuerdos bellísimos: una tarde en la que mamá detuvo sus prisas y se sentó conmigo a tomar un helado en el parque; aquella vez en que mamá dibujó miles de gatos en una hoja para mí; cierto día me caí y papá botó todo lo que tenía en sus manos, vino corriendo a levantarme, me cargó en sus brazos y sanó mi herida; cierta noche en que mi madre entró a mi habitación y me abrazó mientras yo lloraba la pérdida de mi primer amor… Estas fueron algunas de las conmovedoras respuestas que recibí, me emocionaron mucho. Encuesté aproximadamente a 200 personas y debo decir que ninguna de ellas respondió “el mejor recuerdo de mi infancia fue aquel día en que desobedecí a mamá y ella me dio una tremenda paliza, lo hizo por mi bien, ¡cuán amado me sentí en ese momento! Gracias a ello hoy soy lo que soy”, la verdad nadie estuvo ni siquiera cerca de responder algo como eso, respuestas de ese tipo suelen mencionarlas mis clientes, en las sesiones de coaching, como el recuerdo más triste que tienen de su niñez.

Lo cierto es que tenemos muchos recuerdos hermosos de nuestra infancia, claro que no todo lo vivido en la infancia lo podemos recordar conscientemente, de hecho la gran mayoría de episodios se han borrado de nuestra memoria; sin embargo hay que saber que absolutamente todo lo vivido (lo recordemos o no) consta en nuestro registro emocional, desde ahí regula nuestras acciones de hoy y generalmente lo hace en modo inconsciente.

Entonces, claro que somos buenas personas y que hemos logrado muchas cosas importantes en nuestra vida, pero eso es gracias a los aciertos de nuestros padres, no a sus errores. Somos buenas personas por las veces que nos tomaron en brazos, por las veces que nos dieron su comprensión y su abrazo (aunque hayan sido pocas), somos buenas personas por las veces que con nuestros ojos de niños vimos que mamá era honesta, papá era trabajador, la abuela cocinaba con amor, la tía ayudaba a los vecinos, la prima nos cuidaba cuando mamá salía, en fin, aprendimos los valores que vimos y que sentimos, ésos fueron los valores que se grabaron a fuego en nosotros y hasta hoy los practicamos. Todas esas cosas lindas que los adultos que nos rodeaban cuando niños hicieron por nosotros, con nosotros o delante de nosotros, son las que hicieron que hoy seamos lo que somos y es de agradecer que así haya sido.

Sin embargo, y lamentablemente, nunca he tenido la oportunidad de escuchar a una madre o a un
padre decir “hijo mío, vamos hoy a jugar al parque, reiremos como locos y jugaremos hasta el cansancio; esto hijo lo hago por tu bien, porque lo necesitas y estoy seguro de que mañana (y hoy) me lo agradecerás”, la verdad no es eso lo que comúnmente decimos a los niños. Lo que sí escucho y con frecuencia es “no iremos al parque porque no has acabado tu tarea, hoy no lo entiendes pero mañana me lo agradecerás”. No juzgaré si lo correcto es ir al parque o no ir al parque, acabar la tarea o no acabarla, lo que quiero hacer visible es que cuando hacemos algo que agrada a nuestro hijo jamás le decimos que es por su bien, al contrario solemos insinuar que lo hacemos porque somos buenos, porque nos han convencido con sus ruegos e incluso en ocasiones insinuamos que les daremos ese gusto “a pesar de que se han portado mal”. PERO cuando castigamos, cuando los mandamos a pensar solos en una silla o cuando les reprendemos, ahí si decimos a voz en pecho: “Hijo mío es por tu bien”.

¿Por qué tanto énfasis en dejarles claro que los castigos son por su bien? ¿Por qué en los momentos de alegría, de cariño, de complacencia, de abrazo, no les decimos  que es por su bien? Quizá la razón sea que cuando fuimos niños nos transmitieron el mismo mensaje: los castigos son por tu bien, lo demás no te aporta nada. Entonces crecimos convencidos de que somos  “buenos” gracias a esa rigidez de los adultos que nos cuidaron; nos dijeron tantas veces que los castigos eran por nuestro bien, que nos convencimos de aquello y atribuimos a eso los logros que alcanzamos. Tan convencidos estamos que fue “la hiel” lo que corrigió nuestro camino, que creemos que sin ella es imposible educar a un ser humano; es lo que escuchamos desde siempre y por todas partes, no nos ha quedado mas remedio que creérnoslo. Y con ello no podemos notar que lo que tenemos de bueno lo tenemos por la dosis de amor que recibimos, por los valores enseñados desde la práctica de vida, por los momentos buenos que nuestros adultos nos regalaron, por la vida de familia y por todo lo que nos hizo felices en nuestra infancia, aunque haya sido poquito o haya sido mucho, esa felicidad que recibimos de niños creció y se multiplicó en nosotros y nos ha permitido caminar por la vida; pero es ESO lo que te ha hecho buena persona, aunque jamás nadie nunca haya dicho que aquel abrazo, aquella risa, aquel juego o aquel helado, era por tu bien, la verdad es que te hizo bien y mucho y si buscas en tu memoria encontrarás que así fue.

Los castigos, los golpes, las reprimendas, las humillaciones, las comparaciones, la violencia que recibiste en tu infancia, querido lector, fueron los errores de tus padres o de quien te cuidó, eso no te educó ni te hizo buena persona, te dijeron que sí pero no es cierto. Esa violencia lo mas lejos que pudo llevarte es al miedo, entonces seguramente que nunca mas desobedeciste un mandado de mamá pero fue por miedo ¿o no? Recurre a tu memoria, recuérdalo ¿qué sentiste? Seguro que muchas cosas y probablemente miedo, mucho miedo de volver a ser castigado, entonces mas valía obedecer, esos golpes dolieron mucho como para querer volver a sentirlos; ¿y luego? ¡magia! El niño está educado ¡MENTIRA! El niño está aterrado y obedece por miedo, no por educación, pero los adultos ahora están mucho mas cómodos ¡Ah sí, este niño no da problema, una buena nalgada y ni más!, conclusión: “las nalgadas son infalibles e infaltables en la educación de un niño” ¡MENTIRA! Las nalgadas someten y dominan al niño, lo dañan para siempre, pero el adulto queda muy cómodo, el comportamiento del infante ahora lo satisface.

Ese niño sometido y dominado por el miedo que produce la violencia física y verbal, visible e invisible, es hoy el adulto inseguro de sí mismo, el adulto incapaz de gestionar sus emociones, el adulto que explota de ira, el adulto que no es capaz de escoger una carrera y una vida que lo satisfaga, el adulto temeroso que duda de sí mismo, el adulto que constantemente necesita la aprobación de los demás, el adulto que no es capaz de resolver sus problemas y dificultades, el adulto depresivo, el adulto que no logra encontrarle la alegría a la vida, el adulto que no puede abrir su vida y resolver lo que lo lastima, el adulto que no es capaz de salir de una relación tóxica, el adulto que no es capaz de sostener un matrimonio y crecer en pareja, el adulto violento o quizá sumiso, el adulto celoso, el adulto dependiente, el adulto incapaz de cambiar de empleo, el adulto que teme a las decisiones, el adulto que no es capaz de materializar sus sueños, el adulto que se deja humillar, maltratar, pisotear, el adulto enfermo, el adulto que siente que nada merece o quizá que nada le satisface, el adulto adicto a alcohol, drogas, videojuegos o estudios, el adulto que miente, el adulto que no logra tomar la vida con sus manos y convertirse en una persona plena y feliz.

Como verás, querido amigo, ninguna de estas personas está en la cárcel ni en un siquiátrico al contrario caminan por la vida bastante seguros de que están muy sanos y que todo su “éxito” se debe a los castigos oportunamente propinados por sus padres. Pero son también personas que llevan cargas que no logran soltar, que tienen y causan sufrimientos en modo recurrente, que quizá en secreto se angustian, que llevan una vida entera de luchar contra uno u otro “defecto” sin lograr superarlo,  que no saben porque “siempre les pasa algo malo”, que lo ven todo por un cristal negro y se sienten desdichados, y algunos más descomplicados piensan: “así soy yo y punto” sintiendo que no hay nada que puedan hacer para crecer y aportar más a su entorno. Esto y más es lo que consiguen los castigos. Los castigos no fueron “por nuestro bien” ¡no! Los castigos fueron los errores de nuestros adultos, errores que a su vez los heredaron de la generación anterior, errores que te causaron trauma, SÍ trauma. Con frecuencia pensamos que para estar traumados, tenemos que ser esquizofrénicos o mecernos abrazados a nuestras piernas en una silla, la verdad no, tener un trauma es bastante más sencillo que eso. 

Aquí la definición de trauma en el diccionario de la Real Academia de la Lengua
1. m. Choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente.
2. m. Emoción o impresión negativa, fuerte y duradera.

Un grito o un golpe es un choque emocional para cualquier persona sin importar su edad; pero cuando somos niños tenemos muchísimas posibilidades de que ese choque produzca un daño duradero en el inconsciente. 
Inconsciente: 1. adj. Que no tiene conocimiento de algo concreto, o de sus propios actos y sus consecuencias. 

Si está en tu inconsciente, no lo ves, no te das cuenta, pero te influye quizá mucho más de lo que crees y te duele, quizá mucho más de lo que te gustaría admitir. Es tu responsabilidad entonces traer al consciente todo aquello que habita en tu inconsciente para  que puedas verlo de frente y te liberes del control que tiene sobre ti y tu vida.

Paremos entonces de decir que “gracias” a que nos agredieron “a tiempo” hoy somos lo que somos porque no es así. Hoy eres lo que eres gracias al amor (poco o mucho) que recibiste. Gracias a la violencia recibida hoy tienes las cargas que tienes, nada más.

A tus padres, agradece el amor recibido (mucho o poco). Sus gritos, castigos y otras formas de violencia, reconoce, acepta y perdona. No los juzgues. Hicieron lo que creyeron era lo mejor para ti, pero no repitas la historia. Tú ya estás informado, tú ya tienes información a tu alcance, educa a tus hijos por supuesto que sí, pero desde el amor y el respeto.

Es claro que los hijos necesitan nuestra guía y orientación, llevan muchísimo menos tiempo en el
mundo y no saben la mayoría de cosas que nosotros ya sabemos. Tus hijos no sólo que necesitan que les muestres el camino, sino que además están ansiosos de que lo hagas, te harán miles de preguntas, te mostrarán lo que saben hacer, aceptarán tus sugerencias, pedirán tu opinión, querrán que los veas, estarán abiertos a ti, son un lienzo en blanco para ti, creen totalmente en ti. No hace falta ejercer violencia para que los ayudes a ser buenos. Tú puedes cambiar la historia, la tuya, la de tus hijos, la de tus nietos y trascender generación tras generación, estarás cambiando el mundo y estarás sanándote a ti mismo.

Existen formas amorosas de criarlos, de educarlos, de mostrarles el camino, de acompañarlos en sus errores, de ayudarles a reconocer sus equivocaciones y aprender de ellas, de enseñarles a colaborar con la familia y con su entorno, de hacer de ellos buenas personas y permitirles ser los maravillosos seres que han venido a ser. Todo esto puede hacerse desde el respeto, quizá sientes que no será posible contigo, con tus hijos, ánimo siempre se puede, talvez sea tiempo de que busques un poco de ayuda, de que sanes tu propia historia y entonces puedas entregar una nueva crianza a tus hijos. El Coaching es una valiosa herramienta para lograrlo, te permite sacar los recursos que llevas dentro y que quizá ni siquiera sabes que los tienes, es un proceso práctico que desde el primer momento te ayuda a tomar consciencia de lo que estás haciendo y lo que te gustaría hacer y cómo hacerlo, merece la pena hacer un alto en la vida y cuestionar lo que siempre creímos cierto.

“Y empiezas a relacionarte con tu hijo desde el amor incondicional, desde la empatía, desde las tardes de risas, desde las horas de juego, desde el detenerte a observarlo, desde el estar presente, desde el trato cortés, desde el entender lo que necesita y satisfacerlo, desde el maravillarte por tenerlo en tu vida…
Y entonces la vida cambia y se vuelve más linda, más dulce, más armoniosa, más divertida, más feliz!!
Y tú te transformas, te empoderas y te das cuenta de que nada te ha hecho crecer tanto como tu maternidad”

Daysi Arcos
mamialamedida@gmail.com