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jueves, 25 de agosto de 2016

A MI NO ME TRAUMARON, A MI ME EDUCARON

Cuando hablamos de educar a nuestros hijos y en general educar a los niños, por alguna razón, esa expresión se liga a ideas como: “en una mano la hiel y en otra la miel”, “hay que castigarlos por su bien”, “lo corrijo a tiempo, mañana me lo agradecerá”, “tienen que aprender a obedecer”, por mencionar solo algunas.

Hoy quisiera preguntarte ¿sabes tú cuál es ESA razón? ¿sabes cuál es la razón por la que asociamos el educar a los niños, con la firmeza, la mano dura, los castigos, los premios, el “no mimar”, etc.? ¿lo sabes? ¿te lo has preguntado alguna vez? ¿has cuestionado esa creencia? ¿Sabías que esto es una creencia y no necesariamente una realidad?.

La mayoría de nosotros crecimos en ambientes donde el adulto fue la autoridad máxima, su palabra era irrefutable y sus órdenes se cumplían a las buenas o a las malas; esos adultos a su vez cuando niños fueron criados también de esa manera y los adultos que los criaron a ellos de igual forma, y así podríamos regresar muchas generaciones atrás y descubrir que desde hace siglos seguimos heredando el mismo patrón de crianza, con alguno que otro cambio, con nuevos escenarios de vida, con algunas nuevas comodidades, en fin, pero la idea central de la educación a los niños sigue siendo la misma: “el adulto tiene la razón y sabe lo que el niño necesita, por tanto el niño obedece”. En la medida que el niño cumpla con esta regla de oro será un “niño bueno” (y el hijo envidia de todo el vecindario) y si deja de cumplirla, empieza a ser el “niño problema”.

Es cierto que casi todos nosotros crecimos cumpliendo esta regla y hoy somos “buenas personas”, no robamos, no matamos, hasta somos profesionales, quizá hasta tenemos un buen trabajo, hemos formado una familia y vivimos plenamente “felices”. Es verdad. La mayoría de nosotros no está en la cárcel ni en un siquiátrico. Entonces nos convencemos (al igual que nuestros abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y mas) que nuestro “éxito” en la vida se debe a esa mano dura que ejercieron con nosotros. Y por supuesto que estamos convencidos de aquello, si mamá y papá lo decían a diario “es por tu bien” entonces no queda duda, fue por nuestro bien y de no habernos dado aquella nalgada a tiempo, quien sabe y hoy seríamos asesinos en serie!! Así, menos mal que pasamos 3 horas llorando solos y sintiéndonos inútiles en nuestra habitación ¡uff! que alivio, ¡ojalá hubiese llorado un poco más y habría garantizado que jamás nunca en la vida iré a prisión!

Hace un tiempo hice una encuesta entre mis conocidos, lectores y seguidores, preguntando cuál era el mejor recuerdo que tenían de su infancia, todos tenían recuerdos bellísimos: una tarde en la que mamá detuvo sus prisas y se sentó conmigo a tomar un helado en el parque; aquella vez en que mamá dibujó miles de gatos en una hoja para mí; cierto día me caí y papá botó todo lo que tenía en sus manos, vino corriendo a levantarme, me cargó en sus brazos y sanó mi herida; cierta noche en que mi madre entró a mi habitación y me abrazó mientras yo lloraba la pérdida de mi primer amor… Estas fueron algunas de las conmovedoras respuestas que recibí, me emocionaron mucho. Encuesté aproximadamente a 200 personas y debo decir que ninguna de ellas respondió “el mejor recuerdo de mi infancia fue aquel día en que desobedecí a mamá y ella me dio una tremenda paliza, lo hizo por mi bien, ¡cuán amado me sentí en ese momento! Gracias a ello hoy soy lo que soy”, la verdad nadie estuvo ni siquiera cerca de responder algo como eso, respuestas de ese tipo suelen mencionarlas mis clientes, en las sesiones de coaching, como el recuerdo más triste que tienen de su niñez.

Lo cierto es que tenemos muchos recuerdos hermosos de nuestra infancia, claro que no todo lo vivido en la infancia lo podemos recordar conscientemente, de hecho la gran mayoría de episodios se han borrado de nuestra memoria; sin embargo hay que saber que absolutamente todo lo vivido (lo recordemos o no) consta en nuestro registro emocional, desde ahí regula nuestras acciones de hoy y generalmente lo hace en modo inconsciente.

Entonces, claro que somos buenas personas y que hemos logrado muchas cosas importantes en nuestra vida, pero eso es gracias a los aciertos de nuestros padres, no a sus errores. Somos buenas personas por las veces que nos tomaron en brazos, por las veces que nos dieron su comprensión y su abrazo (aunque hayan sido pocas), somos buenas personas por las veces que con nuestros ojos de niños vimos que mamá era honesta, papá era trabajador, la abuela cocinaba con amor, la tía ayudaba a los vecinos, la prima nos cuidaba cuando mamá salía, en fin, aprendimos los valores que vimos y que sentimos, ésos fueron los valores que se grabaron a fuego en nosotros y hasta hoy los practicamos. Todas esas cosas lindas que los adultos que nos rodeaban cuando niños hicieron por nosotros, con nosotros o delante de nosotros, son las que hicieron que hoy seamos lo que somos y es de agradecer que así haya sido.

Sin embargo, y lamentablemente, nunca he tenido la oportunidad de escuchar a una madre o a un
padre decir “hijo mío, vamos hoy a jugar al parque, reiremos como locos y jugaremos hasta el cansancio; esto hijo lo hago por tu bien, porque lo necesitas y estoy seguro de que mañana (y hoy) me lo agradecerás”, la verdad no es eso lo que comúnmente decimos a los niños. Lo que sí escucho y con frecuencia es “no iremos al parque porque no has acabado tu tarea, hoy no lo entiendes pero mañana me lo agradecerás”. No juzgaré si lo correcto es ir al parque o no ir al parque, acabar la tarea o no acabarla, lo que quiero hacer visible es que cuando hacemos algo que agrada a nuestro hijo jamás le decimos que es por su bien, al contrario solemos insinuar que lo hacemos porque somos buenos, porque nos han convencido con sus ruegos e incluso en ocasiones insinuamos que les daremos ese gusto “a pesar de que se han portado mal”. PERO cuando castigamos, cuando los mandamos a pensar solos en una silla o cuando les reprendemos, ahí si decimos a voz en pecho: “Hijo mío es por tu bien”.

¿Por qué tanto énfasis en dejarles claro que los castigos son por su bien? ¿Por qué en los momentos de alegría, de cariño, de complacencia, de abrazo, no les decimos  que es por su bien? Quizá la razón sea que cuando fuimos niños nos transmitieron el mismo mensaje: los castigos son por tu bien, lo demás no te aporta nada. Entonces crecimos convencidos de que somos  “buenos” gracias a esa rigidez de los adultos que nos cuidaron; nos dijeron tantas veces que los castigos eran por nuestro bien, que nos convencimos de aquello y atribuimos a eso los logros que alcanzamos. Tan convencidos estamos que fue “la hiel” lo que corrigió nuestro camino, que creemos que sin ella es imposible educar a un ser humano; es lo que escuchamos desde siempre y por todas partes, no nos ha quedado mas remedio que creérnoslo. Y con ello no podemos notar que lo que tenemos de bueno lo tenemos por la dosis de amor que recibimos, por los valores enseñados desde la práctica de vida, por los momentos buenos que nuestros adultos nos regalaron, por la vida de familia y por todo lo que nos hizo felices en nuestra infancia, aunque haya sido poquito o haya sido mucho, esa felicidad que recibimos de niños creció y se multiplicó en nosotros y nos ha permitido caminar por la vida; pero es ESO lo que te ha hecho buena persona, aunque jamás nadie nunca haya dicho que aquel abrazo, aquella risa, aquel juego o aquel helado, era por tu bien, la verdad es que te hizo bien y mucho y si buscas en tu memoria encontrarás que así fue.

Los castigos, los golpes, las reprimendas, las humillaciones, las comparaciones, la violencia que recibiste en tu infancia, querido lector, fueron los errores de tus padres o de quien te cuidó, eso no te educó ni te hizo buena persona, te dijeron que sí pero no es cierto. Esa violencia lo mas lejos que pudo llevarte es al miedo, entonces seguramente que nunca mas desobedeciste un mandado de mamá pero fue por miedo ¿o no? Recurre a tu memoria, recuérdalo ¿qué sentiste? Seguro que muchas cosas y probablemente miedo, mucho miedo de volver a ser castigado, entonces mas valía obedecer, esos golpes dolieron mucho como para querer volver a sentirlos; ¿y luego? ¡magia! El niño está educado ¡MENTIRA! El niño está aterrado y obedece por miedo, no por educación, pero los adultos ahora están mucho mas cómodos ¡Ah sí, este niño no da problema, una buena nalgada y ni más!, conclusión: “las nalgadas son infalibles e infaltables en la educación de un niño” ¡MENTIRA! Las nalgadas someten y dominan al niño, lo dañan para siempre, pero el adulto queda muy cómodo, el comportamiento del infante ahora lo satisface.

Ese niño sometido y dominado por el miedo que produce la violencia física y verbal, visible e invisible, es hoy el adulto inseguro de sí mismo, el adulto incapaz de gestionar sus emociones, el adulto que explota de ira, el adulto que no es capaz de escoger una carrera y una vida que lo satisfaga, el adulto temeroso que duda de sí mismo, el adulto que constantemente necesita la aprobación de los demás, el adulto que no es capaz de resolver sus problemas y dificultades, el adulto depresivo, el adulto que no logra encontrarle la alegría a la vida, el adulto que no puede abrir su vida y resolver lo que lo lastima, el adulto que no es capaz de salir de una relación tóxica, el adulto que no es capaz de sostener un matrimonio y crecer en pareja, el adulto violento o quizá sumiso, el adulto celoso, el adulto dependiente, el adulto incapaz de cambiar de empleo, el adulto que teme a las decisiones, el adulto que no es capaz de materializar sus sueños, el adulto que se deja humillar, maltratar, pisotear, el adulto enfermo, el adulto que siente que nada merece o quizá que nada le satisface, el adulto adicto a alcohol, drogas, videojuegos o estudios, el adulto que miente, el adulto que no logra tomar la vida con sus manos y convertirse en una persona plena y feliz.

Como verás, querido amigo, ninguna de estas personas está en la cárcel ni en un siquiátrico al contrario caminan por la vida bastante seguros de que están muy sanos y que todo su “éxito” se debe a los castigos oportunamente propinados por sus padres. Pero son también personas que llevan cargas que no logran soltar, que tienen y causan sufrimientos en modo recurrente, que quizá en secreto se angustian, que llevan una vida entera de luchar contra uno u otro “defecto” sin lograr superarlo,  que no saben porque “siempre les pasa algo malo”, que lo ven todo por un cristal negro y se sienten desdichados, y algunos más descomplicados piensan: “así soy yo y punto” sintiendo que no hay nada que puedan hacer para crecer y aportar más a su entorno. Esto y más es lo que consiguen los castigos. Los castigos no fueron “por nuestro bien” ¡no! Los castigos fueron los errores de nuestros adultos, errores que a su vez los heredaron de la generación anterior, errores que te causaron trauma, SÍ trauma. Con frecuencia pensamos que para estar traumados, tenemos que ser esquizofrénicos o mecernos abrazados a nuestras piernas en una silla, la verdad no, tener un trauma es bastante más sencillo que eso. 

Aquí la definición de trauma en el diccionario de la Real Academia de la Lengua
1. m. Choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente.
2. m. Emoción o impresión negativa, fuerte y duradera.

Un grito o un golpe es un choque emocional para cualquier persona sin importar su edad; pero cuando somos niños tenemos muchísimas posibilidades de que ese choque produzca un daño duradero en el inconsciente. 
Inconsciente: 1. adj. Que no tiene conocimiento de algo concreto, o de sus propios actos y sus consecuencias. 

Si está en tu inconsciente, no lo ves, no te das cuenta, pero te influye quizá mucho más de lo que crees y te duele, quizá mucho más de lo que te gustaría admitir. Es tu responsabilidad entonces traer al consciente todo aquello que habita en tu inconsciente para  que puedas verlo de frente y te liberes del control que tiene sobre ti y tu vida.

Paremos entonces de decir que “gracias” a que nos agredieron “a tiempo” hoy somos lo que somos porque no es así. Hoy eres lo que eres gracias al amor (poco o mucho) que recibiste. Gracias a la violencia recibida hoy tienes las cargas que tienes, nada más.

A tus padres, agradece el amor recibido (mucho o poco). Sus gritos, castigos y otras formas de violencia, reconoce, acepta y perdona. No los juzgues. Hicieron lo que creyeron era lo mejor para ti, pero no repitas la historia. Tú ya estás informado, tú ya tienes información a tu alcance, educa a tus hijos por supuesto que sí, pero desde el amor y el respeto.

Es claro que los hijos necesitan nuestra guía y orientación, llevan muchísimo menos tiempo en el
mundo y no saben la mayoría de cosas que nosotros ya sabemos. Tus hijos no sólo que necesitan que les muestres el camino, sino que además están ansiosos de que lo hagas, te harán miles de preguntas, te mostrarán lo que saben hacer, aceptarán tus sugerencias, pedirán tu opinión, querrán que los veas, estarán abiertos a ti, son un lienzo en blanco para ti, creen totalmente en ti. No hace falta ejercer violencia para que los ayudes a ser buenos. Tú puedes cambiar la historia, la tuya, la de tus hijos, la de tus nietos y trascender generación tras generación, estarás cambiando el mundo y estarás sanándote a ti mismo.

Existen formas amorosas de criarlos, de educarlos, de mostrarles el camino, de acompañarlos en sus errores, de ayudarles a reconocer sus equivocaciones y aprender de ellas, de enseñarles a colaborar con la familia y con su entorno, de hacer de ellos buenas personas y permitirles ser los maravillosos seres que han venido a ser. Todo esto puede hacerse desde el respeto, quizá sientes que no será posible contigo, con tus hijos, ánimo siempre se puede, talvez sea tiempo de que busques un poco de ayuda, de que sanes tu propia historia y entonces puedas entregar una nueva crianza a tus hijos. El Coaching es una valiosa herramienta para lograrlo, te permite sacar los recursos que llevas dentro y que quizá ni siquiera sabes que los tienes, es un proceso práctico que desde el primer momento te ayuda a tomar consciencia de lo que estás haciendo y lo que te gustaría hacer y cómo hacerlo, merece la pena hacer un alto en la vida y cuestionar lo que siempre creímos cierto.

“Y empiezas a relacionarte con tu hijo desde el amor incondicional, desde la empatía, desde las tardes de risas, desde las horas de juego, desde el detenerte a observarlo, desde el estar presente, desde el trato cortés, desde el entender lo que necesita y satisfacerlo, desde el maravillarte por tenerlo en tu vida…
Y entonces la vida cambia y se vuelve más linda, más dulce, más armoniosa, más divertida, más feliz!!
Y tú te transformas, te empoderas y te das cuenta de que nada te ha hecho crecer tanto como tu maternidad”

Daysi Arcos
mamialamedida@gmail.com

domingo, 14 de agosto de 2016

CUANDO MIS HIJOS SEAN GRANDES

Cuando mi niña ya no me llame por que le asusta el león que sale en la tv, cuando mi niño ya no quiera preguntarme cuanto midió cada dinosaurio que pisó esta tierra, cuando mi nena ya no finja ser una gatita que maúlla por toda la casa, cuando mi hombrecito ya no me busque para preparar su leche favorita, cuando mi nena ya pueda abrir los caramelos por si misma, cuando mi niño ya no vuele por mundos prehistóricos  imaginando que su mascota es un espinosaurio, cuando mi princesita ya no quiera cantar los “5 monitos”  20 veces seguidas, cuando hacer las tareas escolares ya no sean parte de la rutina diaria, cuando los partidos de fútbol en medio de mi sala hayan terminado, cuando mi invernadero deje de ser una desordenada juguetería y vuelva a ser mi jardín florido, cuando ya no haya rayones en mis paredes ni juguetes por toda mi casa, cuando ya no tenga que limpiar sus caritas llenas de chocolate, mayonesa o azúcar, cuando por su propia cuenta elijan lavarse las manos antes de comer, cuando ya no tenga que explicarles lo nutritiva que es la coliflor, cuando por su propia cuenta elijan ensalada en lugar de papas fritas, cuando yo pueda volver a ver mis programas de tv y ya no me sepa de memoria la programación de canales infantiles, cuando hayan terminado las visitas al pediatra, cuando lleguen mis primeros prospectos de nueras y yernos, cuando ya no hayan en mi casa vocecitas gritando “mami” cada cinco minutos, cuando mi esposo y yo al fin volvamos a tener “nuestro espacio”, cuando al fin mi esposo y yo podamos salir a comer o al cine y realmente podamos comer o ver, cuando yo deje de ser la persona favorita de mis niños y prefieran pasar sus días con otra compañía, cuando ya no quieran salir conmigo hasta cuando voy a la esquina, cuando ya no quieran dormir totalmente abrazados a mí, cuando su mayor alegría en la escuela ya no sea verme llegar, cuando ya no tenga que correr detrás de ellos para peinarlos o cambiarlos, cuando  su vida ya no gire en torno a mi y a su papá….. cuando todo esto haya pasado entonces sabré que mis niños han dejado de ser mis niños, siempre serán míos y mi corazón siempre será suyo, pero ya no serán mis pequeños… habrán crecido…

Y cuando eso pase, quiero que estén listos para ser personas plenas y felices. Ahora que son niños quiero hacerles saber que cuando necesitan algo tienen todo el derecho a pedirlo y que yo estoy gustosa de atenderlos, que cuando no obtienen lo que quieren siempre pueden explicar porque lo quieren, que cuando la respuesta es un “no” y ellos no están de acuerdo siempre pueden recibir una explicación en lugar del “sí”. Quiero que sepan que yo entiendo y respeto sus emociones y sentimientos, quiero que sepan que todas las emociones son permitidas pero que de mi mano aprenderán a expresarlas y manejarlas, quiero que sepan que no hay necesidad de negar los sentimientos, que expresarlos los ayudará a usarlos en su favor, quiero que aprendan que cuando han cometido un error yo no estaré ahí para juzgarlos ni castigarlos, sino para entender porque lo hicieron y mostrarles como hacerlo mejor la próxima vez, así espero que aprendan a ser tolerantes con los errores de los demás, a ser empáticos con quienes se relacionen en su trabajo, en sus estudios, en su nuevo hogar; quiero que siempre sientan que mamá y papá los respetamos y amamos tanto que nunca tendrán porque conformarse con nada menos que eso, que nunca se conformen con migajas del amor de nadie, que cuando elijan su pareja no se conformen con quien no los ame lo suficiente o no los trate con el amor, respeto y empatía con que siempre han sido tratados; pero también que sepan amar, respetar y empatizar, que sepan dar la vida por quien aman  y que sientan en su alma la alegría inmensa de amar sin límites; que no teman equivocarse, que hayan aprendido que los errores son parte del aprender; que siempre sean capaces de decidirse por aquello que su alma y corazón desean y que además sean lo suficientemente reflexivos para reconocerlo; que nunca tengan miedo de ser lo que quieran ser, que no tengan miedo de lo que el mundo pueda opinar, porque en casa siempre han sido amados y valorados así como son y por lo que son.

Quiero que recuerden  unos padres felices, unos padres que rieron con ellos, que se botaron al piso con ellos, que se convirtieron en tiranosaurios y libraron una guerra contra un feroz y pequeño espinosaurio, unos padres con los que pasaban hermosas tardes de parque, pelota, películas, cocina o arte, unos padres que entendieron y manejaron sus berrinches con respeto, unos padres que cuando decían “no” siempre tenían una razón para hacerlo y la explicaban con cariño, unos padres que siempre les brindaron los mas cálidos y profundos abrazos, los mas pegajosos besos, que contaban los mejores cuentos y escuchaban las mas locas historias, que se sorprendían con sus dibujos, con sus altísimos saltos, con sus pasos de ballet o con su habilidad para trepar como arañas por los muebles de la sala, unos con los que improvisaron picnics en el patio de la casa o en el parque del vecindario, unos padres que cuando se equivocaron no dudaron en pedir perdón.

Quiero que cuando recuerden su infancia sientan que fue feliz, que fue plena y que fueron amados cada día y quiero que cuando a ellos les toque el turno de encontrarse con su maternidad y paternidad tengan el corazón tan rebosante del amor y la empatía que recibieron en su niñez, que sea ese el único camino que conozcan para criar a sus propios hijos. Así habré trascendido en la humanidad entera, así sentiré que mi legado seguirá llegando una generación tras otra, así sabré que la misión mas importante de mi vida: ser madre, habrá sido bien cumplida, así podré cambiar el mundo y lo deseo con todas mis fuerzas, porque estaré cambiando el mundo a través de lo que más amo en esta vida: mis hijos!!


Daysi Arcos Argudo

miércoles, 17 de febrero de 2016

CONFLICTO ENTRE HERMANOS

Ayer mi niño estaba en un arranque de fogosidad, totalmente revuelto, volcando toda su energía sobre su hermana, en un modo tal que conseguía fastidiarla hasta el llanto. Yo detrás de él tratando de calmarlo y sin conseguirlo, intenté abrazarlo, contenerlo, distraerlo, pero nada funcionaba; llegué al borde, al filo del grito, a la línea de mi propia explosión de rabia y frustración; me contuve, pensé: “saca algo bueno de esto, ayúdalo a pensar”…. Respiré… repasé mis herramientas de Coach… respiré otra vez…

Yo: Mati, ven aquí, siéntate conmigo (al filo de una grada). ¿Que harías tú, si ahora mismo estuviese aquí un niño molestando y haciendo llorar a tu hermana?
Mati: Le mandaría fuera de casa, haría que se vaya y que no vuelva mas
Yo: ¿Para qué harías eso?
Mati: ¿Para que no moleste a mi hermanita y mi hermanita no llore?
Yo: ¿Te gustaría que a tu hermanita nadie la moleste y que no llore?
Mati: SI
Yo: ¿Crees que tu hermanita ahora mismo tiene algún problema que la hace llorar?

Se abrieron sus ojos, su rostro se iluminó como se ilumina quien ha descubierto algo nuevo, quien ha visto algo que hasta ese momento no vio. Se levantó, no quiso escuchar más, con sus manos me hacía
señas para que yo no dijera nada mas, no quería escuchar mas, no necesitaba escuchar mas. Se fue, después de pocos pasos regresó a abrazarme, corrió donde su hermana, con un beso se disculpó y continuó con su juego, esta vez respetuoso sin invadir el espacio de ella, felizmente se desplazaba por toda la casa, corría convirtiendo matamoscas en aviones, volando en su imaginación y derrochando energía, vida y luz. Y yo… ¡¡¡deslumbrada!!! Mirándolo fascinada, orgullosa de él, pero en esta ocasión, sobre todo orgullosa de mí!! ©©

Daysi Arcos Argudo

sábado, 30 de enero de 2016

¿QUÉ HAGO PARA QUE ME OBEDEZCA?

Cuando converso con algunas madres y algunos padres que están sinceramente preocupados por hacer el mayor bien posible a sus hijos y comentamos sobre el trato y consideración que los niños merecen y que son parte inherente de una crianza consciente y respetuosa, siempre surge una pregunta del lado de mis interlocutores: ¿pero y a qué hora los educas? ¿cómo les enseñas lo que está bien y lo que está mal?

Esta es sin duda una preocupación legítima de los padres, siempre nos han dicho que el mejor legado que les podemos dejar a los hijos es una buena educación y es verdad. El problema es qué es aquello que consideramos “educación”. En la mayoría de casos el concepto de educación viene dado por lo que a nosotros nos enseñaron y básicamente por la forma en que a nosotros nos “educaron”.

Para verlo mas claro, hagamos un pequeño listado de algunas de las características que tendría un niño al que generalmente consideramos educado:

  • Obedece siempre a sus padres
  • Obedece a sus maestros y otros adultos de su entorno
  • Saca buenas calificaciones
  • Hace todos sus deberes
  • Colabora en las tareas de casa
  • Comparte sus juguetes con todo el vecindario
  • No pelea con sus hermanos
  • Es amable y cordial con todas las personas
  • Come todo lo que se le sirve
  • Es independiente



Si con una mirada serena pero muy honesta, profundamente honesta, nos detenemos a observar y desmenuzar cada una de estas “virtudes” podremos descubrir que todas ellas tienen una cosa en común: facilitan la vida del adulto.

Hablemos hoy de la obediencia.

Estas características son consideradas virtudes o señales de ser “educado” porque el niño que las cumple dará muy pocos dolores de cabeza al adulto que los cuida. Así el niño que obedece siempre, será un encanto a la hora de pasar tiempo con él, porque si le digo “ven” viene, “tráeme esto” lo trae, “cállate” se calla, “siéntate” se sienta, “come” pues come. Para ser sinceros, cualquier persona de cualquier edad que tenga tal grado de docilidad ante nuestros pedidos, nos resultaría bastante útil. Sin embargo ante un niño tan obediente, cabe preguntarse ¿por qué obedece? ¿realmente obedece porque es muy educado? ¿y qué es estar educado? ¿estar educado es sinónimo de obedecer? Yo en lo personal no lo creo, porque los adultos rara vez somos “obedientes” y es más entre los adultos pocas veces nos damos órdenes; y cuando aparece alguien que es muy mandón y se pasa la vida dándonos órdenes, lo aborrecemos, nos fastidia, no goza de nuestra simpatía (ayyy que opinarán nuestros hijos de nosotros!); entre adultos nos pedimos las cosas de favor. Y cuando nos topamos con un adulto sumiso que nunca es capaz de decir que no, que se esfuerza por complacer a todo el mundo, que no tiene opinión propia y todo lo hace y dice en función de los demás, no consideramos exactamente que sea alguien “muy educado”, mas bien solemos calificarlo de tonto, sumiso, mandilón y mas. De hecho, tan poco deseable es la obediencia en la vida adulta, que con frecuencia damos y recibimos consejos del tipo: “no dejes que te mangonee” “que no te domine” “te está manipulando, no le hagas caso” “haz lo que tu quieras, no lo que ellos te dicen” “no tienes por qué hacer todo lo que dicen tus amigos” “si tu novia no quiere venir que no venga, pero ven tu”.

Todos estos consejos, que muchos de nosotros hemos dado y recibido, reflejan que no consideramos aceptable que una persona se deje dirigir por otra y que lo deseable es que cada uno haga lo que desea hacer. Aunque nos cueste reconocerlo la verdad es que muchos, muchísimos, de nosotros con más frecuencia de la que quisiéramos admitir hacemos nuestra vida en función de lo que otro quiere, de lo que otro opina, de que otro nos aplauda, de que otro nos admire, de que otro nos pague, de que otro nos dé un ascenso o un aumento, de que otros nos vean… lamentablemente casi a diario la motivación para varias de nuestras actividades y decisiones está allá, afuera de nosotros, en el otro! y muy pocas veces esa motivación está donde debería: adentro de nuestro ser, ardiendo en nuestro interior.

¿Y por qué está en el otro? porque desde siempre, desde nuestra mas tierna infancia estuvo ahí: afuera de nuestro ser. Para ordenar nuestra habitación la motivación era que mamá no regañe, para hacer las tareas la motivación era que la maestra no se enoje, para no pelear con los hermanos la motivación era que papá no castigue, y hasta hemos llegado a extremos absurdos en los que hemos ido contra la naturaleza propia del ser humano, por ejemplo: para comer la motivación no era el hambre, sino la motivación era no escuchar los gritos de mamá o papá; para ir al baño la motivación no era el natural deseo de evacuar, sino el deseo de mamá de tener al niño sentado por horas en la bacinica.



En este punto hago una reflexión ¿por qué nos pasamos la vida tratando de ser aprobados por los demás, tratando de impresionarlos y de que nos quieran? ¿por qué nos cuesta tanto hacer lo que nuestro corazón desea hacer? ¿por qué terminamos permitiendo que otros nos dirijan? ¿por qué hacemos con frecuencia, lo que hace la mayoría?. En mi opinión por dos razones: porque como ya lo he dicho, desde muy tiernos hemos aprendido a hacer lo que nos dicen que hagamos (porque hay que ser educados) y porque esa sumisión hace que poco a poco ya no seamos capaces de detectar nuestros propios deseos, nuestras auténticas vibraciones, nuestras naturales pasiones, hemos debido callarlos, ponerles mute porque estaba prohibido hacer “lo que me de la gana”, había que hacer solo aquello que los adultos permitían, después de todo era para “nuestro bien”.

Pero la verdad yo no le encuentro mucho bien a la generación de adultos que hoy tenemos y que hemos tenido desde hace un montón de generaciones y no voy a irme a los casos alarmantes de ladrones, asesinos, traficantes y demás (que sí que los hay y preocupan), pero quiero quedarme en el común, en esa mayoría a la que todos consideramos que pertenecemos; y lo que veo es gente que no sabe que quiere en la vida, que cuando llegó a la universidad no sabía que carrera coger porque no lograba escuchar sus propias vibraciones internas, que cogió la carrera con mas mercado laboral o aquella a la que fueron sus amigos o pareja, que tiene un trabajo que no los satisface, que lleva una vida con la que no es feliz, que no es capaz de pararse y tomar decisiones, que no hace cambios, que se resigna, que está convencida de que la vida es dura, que no es capaz de luchar por lo que quiere, que vive sin sueños, sin capacidad de hacerse dueños de su destino; algunos lo disimulan muy bien y dentro de sí cargan frustraciones que luego se les salen por los poros cuando se convierten en padres o cuando asumen un matrimonio; otros caminan por la vida notoriamente depresivos; otros ni siquiera son conscientes de que podrían hacerse dueños de su vida; con una sola cosa clara: la culpa es de otros, del sistema, del jefe, de la economía del país, de la suegra, de la pareja, de los amigos, de quien sea… menos de sí mismos ¡y cómo va a ser nuestra culpa si no hemos aprendido a ser dueños de nuestras decisiones! ¡si nunca nos han dejado decidir! ¡si siempre nos dijeron que hacer! ¡si cuando queríamos hacer lo que se nos antojaba éramos unos atrevidos, desobedientes y majaderos! ¿cómo? Si siempre nos direccionaron y nos dijeron qué y cómo hacer. Cómo vamos a hacer con nuestra vida lo que nosotros queramos, si ya no sabemos que es lo que queremos porque nunca nos dejaron escuchar a nuestros propios impulsos.

Entonces, si la obediencia es tan poco útil en la vida adulta ¿por qué se la exigimos tanto a nuestros niños? Porque nos facilita la vida a los adultos, ¡eso es todo!

Consideramos educado al niño que no da problema, al que no rechista, al que no se queja, al que no pelea por defender sus ideales (entiéndase juguete, golosina, jugar un rato mas, etc), al que siempre cede su puesto al otro y siempre “comparte” (entrega a otro) sus juguetes. ¿y por qué esto nos resulta tan deseable? Porque así los adultos no tenemos ningún conflicto que resolver, total que ya bastante tenemos con nuestros propios problemas.

Si nos fijamos, esto que exigimos a los niños no es lo que deseamos en nuestra sociedad adulta; por ejemplo: cuando un gobierno abusa de su poder, no se desea que el pueblo permanezca impávido aceptando los excesos de los gobernantes, al contrario los pueblos y colectivos que se han levantado en pie de lucha por sus derechos han conseguido reivindicarlos. A todos nos indigna cuando nuestros gobernantes aprovechando de su posición de poder nos perjudican y nos ponen a complacer sus poco democráticas decisiones. A todos nos indignan los regímenes autoritarios en donde los gobernantes toman decisiones sin mirar las auténticas necesidades de su pueblo. Son aquellos gobiernos democráticos que toman decisiones mirando el bien común y satisfaciendo las necesidades mas acuciantes de su gente, los que se ganan el respeto, gratitud y voto de sus gobernados. Y son aquellos que se atreven a levantar la voz y exigir lo que les corresponde quienes se convierten en líderes.

Entiendo que llegados a este punto, muchos padres puedan preguntarse lo que dije al inicio ¿entonces cómo lo educo? Yo respondería: ¡con amor! ¿Cómo conquistaste a tu pareja? ¿a puro grito y órdenes? Estoy segura de que no, generalmente cuando nos enamoramos tratamos al otro con respeto, con detalles, con momentos preciosos, con tardes de risas y salidas al cine, con días de campo y noches de películas, con chocolates y flores, con una tarjeta hecha a mano, con una caminata o un paseo en bicicleta, con viajes y días de playa, con conversaciones sinceras, con interesarte en sus problemas y en sus gustos, con escucharle, con hacerle ese regalo que tanto deseaba, con besarle antes de dormir, con abrazos, con caricias, con respeto hacia las cosas que no quiere hacer, con una resolución paciente y amorosa de los conflictos, con negociaciones para resolver un problema de modo que ambos ganen, con flexibilidad en tu agenda para compartir tiempo juntos, con amor a la hora del enojo, con respiraciones profundas que te permitan calmarte antes de actuar, con un abrazo en los momentos de llanto, con una palabra de consuelo cuando las cosas no salen como se quería, con una caricia cuando no se puede tener aquello que tanto se desea, con interesarte en las cosas y personas que le interesan, con una consciencia clara de que no hay razón para tener los mismos intereses pero sí para respetarlos...

¿Y si estas mismas actitudes las llevamos a la crianza? ¿y si damos este trato a nuestros hijos?... ¿qué reacción esperarías de ellos? ¿qué aprenderían ellos de ti? ¿qué absorberían tus hijos? ¿qué iría quedándose en ellos para su vida adulta? ¿qué recuerdos tendrían de ti cuando crezcan? ¿crees que esto podría convertirlos en unos patanes maleducados?

Si gustas, vuelve a leer la lista anterior esta vez pensando en tus hijos y toma nota de las ideas que te surjan del corazón para tu vida con ellos.

Claro que yo también quiero hijos educados, pero no creo, ni quiero, que la obediencia sea parte de los valores que imparto a mis hijos, porque no considero que a ninguna edad un ser humano deba ser obediente a otro ser humano. Si hoy mi marido me dijera: “cariño, a partir de hoy quiero que me obedezcas en todo lo que te pido” seguramente que nuestra relación entraría en crisis, ya no sería una relación igualitaria en la que ambos podamos amar y ser amados.

Discrepo con la obediencia por que anula los sentimientos y deseos de los niños y únicamente impone la voluntad de los padres. Elijo una educación en la que ellos son amados y respetados, en la que yo escucho sus puntos de vista y sus intereses, una educación en la que conversamos para llegar a acuerdos  y consensos, una educación en la que hacemos una negociación justa para todos: –“ven a comer” –“estoy jugando mami” –“¿en cuánto tiempo terminarás?” –“en 10 minutos” –“¿podrías, por favor, terminar en 5 minutos, lavarte las manos y venir a comer?” –“mejor en 8 minutos” –“si vienes en 8, talvez el tiempo no nos alcance para lo que hemos planeado hacer” –“está bien, en 5”.  Es un ejemplo en el que no hay una imposición, lo que hay es una negociación y una explicación de porqué necesito que venga en 5 minutos y no en 8 ni en 10; los niños tienen derecho a recibir explicaciones y argumentos y no una orden simplemente porque sí. Cuando les explicamos ellos comprenden nuestra necesidad y colaboran con lo que se les pide, al igual que nosotros (no somos tan diferentes), y no hay una anulación de sus intereses como podría ser en caso de que: “ven a comer” –“estoy jugando mami” – “¡¡que vengas a comer te digo!!”… aquí no hay lugar para el diálogo, aquí el niño no puede explicar sus deseos o razones, aquí la madre ha “ganado” abusando de su poder y el niño ha tenido que someterse a su voluntad, aquí la madre nunca se enterará de lo que el niño en ese momento piensa y siente, de lo que ha generado en él su imposición arbitraria y de cómo ha perjudicado la relación con su hijo; por el contrario estará orgullosa de “hacerse obedecer”; no tiene idea de cuánto ha perdido.

Creo en que hay que educar a los niños, pero desde el amor, creo que los niños deben colaborar con sus padres, pero yo prefiero que colaboren conmigo porque me aman y no porque me tengan miedo. Esta colaboración surge en los niños de manera espontánea, no hace falta imponerla, ellos solos en la medida que su edad les va permitiendo, empiezan a copiar la cordialidad con que sus padres les tratan. Que no se nos olvide, nuestros hijos aprenden con el ejemplo y si nos ven siempre tratarles con respeto y cariño ¿qué otra cosa podrían aprender?

A esto agrego que hay que comprender y respetar la edad del niño y las características propias de cada etapa, no puedo esperar que un niño de 4 años lave la vajilla luego de la cena, ni puedo esperar que mi hija de 3 años no tenga una rabieta cuando al pasar por una juguetería quiere un juguete que yo no puedo pagar, es de esperar que mi hija estalle y que llore a pulmón lleno, pero no por eso puedo decir que mi hija es una niña “mal educada”, ¡¡claro que no!! Simplemente es una niña de 3 años que desea con todas sus fuerzas un juguete y al no poder conseguirlo, reacciona de la única manera que su edad se lo permite. Impedir esa reacción de mi hija sería prohibirle expresar sus emociones y ese es otro tema que nos agobia de por vida cuando nos lo han hecho, y además impedir que grite y llore es también comodidad para el adulto que no quiere pasar un mal rato o pasar vergüenza. Elijo dejarla expresarse en la manera que necesite, yo la acompaño, estoy con ella en su frustración y la comparto,
no puedo ofrecerle ese juguete pero sí mi abrazo, mi contención, llorará mientras lo necesite (no va a llorar todo el día) y en cuanto pase de la cólera a la aflicción se aferrará a mí, nos abrazaremos, encontraremos algo de que reírnos y podremos continuar con nuestro camino. ¿Qué aprendió mi hija? Que mamá la ama, que mamá está ahí, que mamá no puede darle todo lo que pide pero siempre siempre siempre puede darle todo su amor y que nuestra relación sigue intacta aún después de haber tenido que decir un no…. Aquí aclaro que procuro decirles a mis hijos la menor cantidad de NO que me sea posible, después de todo a mí no me gustaría que mi marido, mis jefes o mis amigas se la pasen diciéndome NO a cada cosa que pido.

Cuando la crianza se ve colmada de amor, de buen trato, de respeto, de trato igualitario hacia nuestros hijos, la educación es la suma de todo esto, y un ser humano con todo esto incorporado en su SER, no puede ser otra cosa más que un ser bellamente educado. 

Daysi Arcos Argudo
daysiarcos@gmail.com

lunes, 9 de noviembre de 2015

LAS MADRES NO SOMOS BUENAS

Que urgente es que las madres salgamos del rol social que se nos ha asignado de "buenas e incondicionales madres", no es que no queramos serlo o que no amemos a nuestros hijos, pero estas etiquetas tan bonitas nos impiden considerar el hecho de que realmente podemos estar haciendo daño a nuestros hijos.

Hoy me he puesto a reflexionar mucho sobre lo que las madres creemos que somos y lo que somos en verdad, y con asombro descubro que es algo universal, que nos llega a todas, que nadie “se salva”. Hay definitivamente una diferencia grande entre lo que se dice de la madre y lo que la madre auténticamente es.

Que si el “instinto materno”, que si el “amor de incondicional de madre”, que “el amor de madre todo lo puede”, que “como la madre ninguna” y muchos más. Pero la verdad es que las madres venimos de infancias en las que con altísima frecuencia estuvimos muy lejos de recibir lo que necesitábamos. Sin embargo la historia, la religión, la moral, la opinión social y nuestro propio sentimiento de “hago lo mejor que puedo” prohíben hablar de los errores de la madre. Históricamente las madres quedamos muy bien paradas y somos, generalmente, las heroínas de cada batalla, ¡nadie como nosotras!.

Sería interesante que los niños tuviesen la madurez, la comprensión de los hechos y el léxico suficiente para poner en palabras el modo en que sus madres los hacen sentir día a día,  cada vez que el niño no cumple con las expectativas de la madre. Sería interesante también que un niño pueda explicar todas las formas en que su madre no satisface cada una de sus necesidades: apego, contacto físico, ritmo de aprendizaje, ritmo de desarrollo, juego, resolución armoniosa de conflictos, etc. Así las madres recibiríamos un feedback y podríamos ver que nuestros hijos reciben bastante menos de lo que nosotras creemos que damos. Tal cosa no es posible, los niños no entienden con claridad lo que les sucede, no pueden explicarlo, para ellos el amor de su madre es lo mas importante del mundo y jamás se atreverían a juzgarlo. Pero lamentablemente eso que no se dice y que hasta incluso creemos que se olvida, jamás se va, se queda y se queda para siempre en nuestros niños y condicionará en modo absoluto el adulto en que se convertirán.

Los niños no pueden poner palabras a lo que sienten, ni pueden explicar a su madre como necesitan ser cuidados. Pero nosotras, madres, mujeres adultas, sí que podemos recorrer nuestra historia, recordar nuestra infancia y revivir como nos sentíamos cuando nos “educaban” con “firmeza y disciplina”, nosotras sí que podemos traer de vuelta a la niña que fuimos y mirar con honestidad como nos sentíamos con el trato recibido y si eso que nos daban realmente nos satisfacía, nos gustaba o nos hacía mejores personas. No todo tiempo pasado fue mejor.

Es tiempo ya de que las madres abramos los ojos, que nos bajemos del pedestal de buenas, amorosas y preocupadas madres, porque la verdad es que no lo somos, la verdad es que nos cuesta detectar las necesidades de nuestros hijos, la verdad es que con frecuencia ni siquiera sabemos que les pasa, la verdad es que estamos seguras de que “nos ha tocado” un hijo difícil, la verdad es que nos cuesta contener un grito, la verdad es que aveces cedemos ante nuestros impulsos y hasta soltamos golpes, la verdad es que aveces creemos que “no les pasará nada si lloran”, la verdad es que nos han convencido de que “en una mano la miel y en otra la hiel”, la verdad es que casi nunca pensamos en SUS necesidades y nos quedamos en las nuestras: “necesito que arregles tu habitación” “necesito que saques buenas calificaciones” “necesito que me obedezcas” “necesito que no hagas berrinche” “necesito que te comas todo” y un sinfín de obligaciones que les hemos dado. Con frecuencia creemos que todo esto es por SU bien, pero la verdad es que ni siquiera nos hemos detenido a pensar si realmente es así, “¿qué pasa si hoy no te comes todo?” “¿qué pasa si ordenamos juntos tu habitación?” “¿qué pasa si hoy no la ordenas?” “¿para qué te servirá dentro de 15 años sacar hoy un 10 en mate?” “¿cómo te sientes cuando te pido a gritos que me hagas caso?” “¿qué razones tienes para no hacer lo que te pido?”….

El punto es que nosotras “buenas madres” seguimos repitiendo con nuestros hijos lo que hicieron con nosotras cuando fuimos niñas y como nos convencieron de que eso era para nuestro bien, entonces queremos ese mismo “bien” para nuestros hijos, porque tenemos el deseo sincero de educarlos y que sean buenas personas. Pero ¡OYE! ¡ALTO! ¡PARA!, antes de repetir el patrón con el que te criaron te has preguntado: ¿de verdad esta es la manera de “educarlos”? ¿de verdad es mejor decirlo a los gritos que con cortesía? ¿de verdad fui una niña feliz cuando me trataron así? ¿de verdad me “eduqué” o es que obedecía por miedo? ¿de verdad quiero que mis hijos me tengan miedo? ¿qué relación estoy propiciando entre mis hijos y yo? ¿cómo se sienten mis hijos en esta relación? ¿cómo me siento yo en esta relación? ¿me gustaría que fuese de otro modo? ¿existe un modo mas amigable y respetuoso de educarlos? ¿te das cuenta de que estás repitiendo un patrón de crianza?

Que bueno sería que todas las madres nos detuviésemos a pensar, a mirar para adentro nuestro, mirar nuestra historia, reconocer nuestras heridas, detectar desde donde actuamos y porque hacemos lo que hacemos, e inclusive algo mas básico como reflexionar sobre si estoy de acuerdo con lo que hago respecto a mis hijos. Podría sorprendernos las respuestas que encontremos.

Que urgente es que las madres salgamos del rol social que se nos ha asignado de "buenas e incondicionales madres", no es que no queramos serlo o que no amemos a nuestros hijos, pero estas etiquetas tan bonitas para la madre, terminan cegándonos, nos impiden analizarnos, mirarnos, nos impiden considerar el hecho de que realmente podemos estar haciendo daño a nuestros hijos. Casi nunca nos creemos capaces de lastimarlos y en realidad a menudo somos las más grandes predadoras de nuestros hijos y una vez mas repetimos el círculo y terminamos dando a nuestros hijos "historias para sanar". Hay que pararlo, cada madre debe revisar su historia de vida y sanarla, no hay otro camino para llegar a ser la madre que nuestros hijos necesitan.

Hay que empezar a tomar consciencia, hay que empezar a trazar el camino y dejar de recorrer el que nos trazaron.

Las madres tenemos un poder tan inmenso que si lo conociésemos en su real magnitud podríamos ver cuán capaces somos de potenciar a nuestros hijos o de desdicharlos para siempre. Es un poder reservado para la madre, quizá por eso la hemos magnificado tanto, quizá por eso nadie se atreve a cuestionarla y sin duda por eso aquí me refiero a la madre y no al padre.

Nadie duda lo mucho que amamos a nuestros hijos, por lo mismo hay que tomar consciencia de las enormes implicaciones que tienen nuestras acciones en sus vidas y en el adulto en que se convertirán.


A bajarse del “pedestal de galardones para mamá” y a MIRAR a nuestros hijos. No hay otra forma de  educarlos y de cambiar el mundo.

martes, 20 de octubre de 2015

HIJO MÍO, ¡ES POR TU BIEN!

Tengo un nuevo cumpleaños, mi cumpleaños de mamá, pero no del día en que comencé a ser madre, sino del día en que tomé conciencia de lo inmensa que puedo llegar a ser en mi rol de madre.

Fue un 21 de octubre, fue en la noche, cuando reconocí que no me gustaba “educar” a mis hijos, cuando empecé a ver que el hecho de que mis hijos sean niños obedientes era algo que me hacía feliz a mí pero no a ellos, ahí fue cuando empezó a aparecer luz en un sendero que hasta entonces había sido difícil y lleno de normas.

En la educación de mis hijos yo había sumado mis opiniones a las del mayoritario colectivo de madres y padres: “tienen que ser niños obedientes” “tienen que comer en cantidad suficiente” “tienen que ser buenos estudiantes” “tienen que compartir”… y una larguísima lista de “tienen que”. Además me había convencido de que la escuela es una deidad, la escuela se volvía tan pero tan importante que en realidad importaba más que el mismo niño “tiene que comer solo porque cuando vaya a la escuela nadie le dará de comer” “tiene que obedecer porque en la escuela hay normas que cumplir” “tiene que compartir porque en la escuela hay 40 niños mas en el aula” “tiene que asearse sólo en el baño porque en la escuela nadie le ayudará”…. Es decir la mirada no estaba en el niño como el niño que es, ni en sus necesidades y ritmos propios, sino en que ese niño esté a la “altura” de la escuela…. Y también a la altura de lo que opinen los abuelos, los tíos, los amigos, la vecina, la señora de la frutas y la de las verduras. El niño tiene que ser un “niño bien”. ¡Que fastidio!

Sobre todo que fastidio para el pobre niño que tiene que encargarse de andar haciendo quedar bien a sus padres y tener que olvidarse de como queda para sí mismo y como va quedando para siempre dentro de sí.

Yo, al igual que muchos, andaba muy empeñada en “formarlos bien” (como si viniesen deformados o algo así), en educarlos correctamente, y muy a mi pesar los regañaba constantemente, los premiaba con pegatinas felices o los mandaba a la “silla de pensar”. Luego me encontraba con una enorme frustración al ver que nada de esto funcionaba como los “expertos” decían que debe funcionar y eso me abrumaba, aveces me hundía en pensamientos como “que mal lo hago, en verdad no sirvo para madre”, otras veces me iba por la orilla de decir “¿a estos niños que les pasa? Esto funciona maravillosamente con todos los niños menos con los míos” “es que los míos son la excepción de la regla, son el colmo, deberé ser mas rigurosa”.  Sin importar a que pensamiento yo daba permiso de adueñarse de mi, el resultado era el mismo: mis estrategias duraban lo que dura el temor al castigo o la ilusión del premio; después de eso volvíamos a lo mismo y yo cada vez me preocupaba mas, sufría mas y me enojaba mas. Y mis hijos se asustaban mas y se desconcertaban mas.

Siempre recordaré las palabras mágicas de mi hijo aquella noche: “pareces una bravísima”. En su bondad y en su amor incondicional para mí, ni siquiera me dijo “eres una bravísima”, nomás me dijo “pareces”. Mi pequeñito sabía que su madre lo amaba con la vida misma y que realmente no era esa bravísima a la que habían entrenado para “educar bien”  a sus hijos, nomás parecía, no era. Siempre estaré agradecida con mis hijos por su sabiduría y por la manera en que me transforman.

Al día siguiente comencé a tratar de llevar a mi vida lo que la noche anterior llena de lágrimas empecé a leer. Era una revelación total, no podía creerlo, estas cosas nuevas tan nuevas para mi estilo de crianza eran sorprendentemente obvias y, al mismo tiempo, sorprendentemente desconocidas para mí.

Lo encontré bajo diferentes denominaciones, por ahora me gusta llamarla Crianza Consciente, porque considero que tienes que alcanzar cierto grado de consciencia para poder vivirla a plenitud y con constancia.

Ha sido y es todo un proceso reconocer a mis hijos como seres humanos con igual dignidad e iguales derechos que todas las personas sin importar su edad. Resulta curioso, porque cuando dices esto en una reunión de amigos todos responden de inmediato: “sí, sí, claro que sí, pero porsupuesto” y lo dicen convencidos, y acto seguido voltean y sin mucha delicadeza dicen a su hijo de 5 años “Pepito cállate no interrumpas, vete a jugar a otra parte”, por decir lo menos. ¿Dónde está aquí la igualdad en el trato real y cotidiano a los niños? - “Es que tienen que aprender a respetar las conversaciones de los adultos” - justifican; yo pregunto ¿y porqué? y ¿para qué?; ¿acaso los adultos respetamos a rajatabla las conversaciones de los demás? ¿acaso no nos sucede que cuando algo nos urge irrumpimos en la habitación o en la oficina de lado y súbitamente interrumpimos para pedir aquello que en ese momento es de suma importancia? ¿acaso aveces no necesitamos interrumpir a nuestra pareja o amigos para hacer una aclaración? ¿acaso aveces no interrumpimos porque acabamos de astillarnos el dedo y precisamos ayuda inmediata? ¿acaso hasta el mesero no precisa interrumpirnos para tomar la orden?... ¿cuál es entonces el fastidio que tenemos con los niños cuando necesitan urgentemente contar a todos que el otro día saltaron como sapitos en el parque?

Cuándo los padres y las madres reprenden, castigan, gritan, quitan beneficios o quitan la palabra a sus hijos, suelen decir que es “por amor”. Sí, yo también lo decía y lo sentía, claro que era por amor. Hoy me pregunto ¿por amor a quien?, hoy sé la respuesta: “por amor a mí misma”, por amor a mi comodidad. Es mas fácil PARA MI mandarlos a estarse quietos y a dejar de pelearse so pena de castigo, que reconocer que necesitan atención de mamá y dejar de hacer MIS COSAS para dedicarme a jugar con ellos, a hornear galletas o a llevarlos al parque. Es mas fácil obligar a ponerse la ropa que considero adecuada, que dejarlos elegir y “pasar la vergüenza” de que vayan con la misma ropa de siempre, terriblemente combinados o con la camisa que ya tiene agujeros. Es mas fácil exigirles buenas calificaciones y obligarlos a adaptarse al sistema, que atreverse a cuestionar el sistema y esforzarse por encontrar otros caminos de aprendizaje. Es mas fácil presionarlos hasta que se queden quietos en su silla, que aceptar que quizá necesitan movimiento para aprender mejor. Es mas fácil obligarlo a ser lo que yo quiero que sea, que dejarlo ser quien es.

En general los padres vivimos bastante equivocados, creemos que nuestros hijos están “mejor educados” y tendrán un “mejor futuro” cuanto más se parezcan a lo que nosotros queremos que sean. Y olvidamos que ellos han venido a ser “ellos”, que no necesitan que les demos haciendo su vida, ni que les enseñemos a decidir ni a pensar, ni siquiera que les mostremos el camino. Nuestros hijos han nacido con bastante poder y firmeza de decisión y saben perfectamente el camino que quieren recorrer, lo que necesitan es que no les nublemos la vista, que no nos pasemos el día diciéndoles que hacer porque luego les costará encontrar que QUIEREN hacer, lo que necesitan es poder ser ellos mismos y no que los metamos en el molde que nosotros hemos fabricado, lo que necesitan es que seamos acompañantes de su camino y no sus arquitectos, lo que necesitan es poder SER QUIENES SON y no quienes nosotros queremos que sean.

A quien es lo que quiere ser, le espera el más lindo y prometedor futuro.

Este 21 de octubre cumplo un año, un feliz año, un año en el que he crecido más que en toda mi vida. Un año en el que he comenzado a aprender a respetarlos auténticamente, a entender que ellos (igual que yo) no siempre quieren comerse todo lo del plato, que no siempre quieren hacer la tarea en este minuto pero que pueden hacerla 20 o 30 minutos después, a entender que no pasa nada si en todas las reuniones familiares los ven con su misma camiseta favorita, a entender que cuando me interrumpen es porque aquel bicho que ha quedado atrapado en la telaraña realmente requiere ayuda urgente y que para ellos es sumamente importante, he aprendido que cuando mis hijos se ponen “insoportables” es una señal clarísima de que se les ha terminado el “combustible mamá” y necesitan de mi tiempo y atención, he aprendido a detectar la angustia que sufren mis hijos cuando montan un “berrinche” y a consolarlos y acompañarlos tal como lo haría si fuese mi madre o mi mejor amiga quien estuviese llorando de esa manera, he aprendido que cuando yo lloro desconsoladamente lo último que necesito es que alguien venga a recordarme lo torpe que soy o que me encierren para que me “calme”, los mismo les pasa a mis hijos; he aprendido que mi público más importante son mis hijos, no mis vecinos, las maestras, el pediatra o mis amigos, la única opinión que me importa de mi desempeño como madre es la de mis hijos.

En este año he podido ver con “estudio de campo” en mis propios hijos, que al tratarlos con respeto, con consideración, con empatía, aceptando sus gustos, intereses y necesidades; mis hijos no se han convertido en niños “malcriados” (que por cierto no existen) NO! mis hijos son niños respetuosos porque son respetados, son empáticos y solidarios porque eso viven, son seres humanos maravillosos y ya quiero ver los espléndidos adultos que serán un día. Alguien podría decirme “¡pero siguen trepados en la mesa!” “¡siguen sin compartir sus juguetes!” (esto de compartir es otro temita). Claro que sí, afortunadamente siguen siendo niños y hacen lo que hacen los niños!!!

Este año he visto la grandeza de mis hijos. Este año he visto el potencial de mi grandeza. Recién cumplo un año, soy una bebé. Que hermoso camino me espera por delante. Que hermoso año. FELIZ CUMPLEAÑOS A MI!!!

viernes, 3 de julio de 2015

¿POR QUÉ MIS HIJOS SON MAJADEROS?

Yo comencé a ser madre a mis 25 años y comencé como comienzan todas, supongo, sabiendo lo que habíamos oído a nuestras madres, abuelas y tías, lo que había visto hacer a mis amigas que ya eran madres y lo “muchísimo” que había aprendido al cuidar a mis sobrinos una hora o dos alguno que otro fin de semana… eso era todo y por supuesto que no fue suficiente. Tuve muchos aciertos pero también cometí varios errores y quizá el mayor de ellos fue ignorar mi instinto, si pudiera regresar el tiempo…

Pero llegó un día en que, con mis hijos ya mas grandecitos 2 y 5 años, me descubrí a mi misma siendo una madre malgeniada y gritona, rayando en lo insoportable, quizá la bofetada que me ayudó a reaccionar me llegó una noche antes de dormir, fueron las palabras de mi niño de 5: “pareces una bravísima” y diciendo eso se quedó dormido. Sus palabras retumbaban en mi cabeza y mil cuestionamientos también: ¿qué estoy haciendo? ¿por qué lo hago? “no quiero ser este tipo de mamá” ¿cómo la hacen otras?, las lágrimas me inundaban. Me levanté, agarré mi tablet y empecé a buscar ayuda en internet, y encontré recursos hermosos, grupos de apoyo, desafíos interesantes y lo mas hermoso de todo fue que encontré algo que yo ni siquiera imaginaba que existía, encontré el término “crianza con apego” “crianza respetuosa”, lo encontré y me dediqué a descubrirlo, a estudiarlo, a conocerlo, a entenderlo y sobre todo a llevarlo a mi hogar, a mi día a día con mis hijos y empecé a maravillarme al ver los resultados hermosos de este tipo de crianza, empecé a notar un cambio radical en mis niños, en su comportamiento, y empecé a sentirme plenamente realizada como madre.
Tampoco quiero decir que cambié radicalmente y que hubo una “magia” en la relación con mis hijos desde el primer día, decir eso sería una mentira y talvez podría desmotivar a quien no encuentre esa “magia” en el primer intento.

Pero lo que si puedo decir y con certeza es que comencé a darme cuenta de que en esa forma tan problemática que yo me había acostumbrado a usar para resolver los conflictos con mis hijos no había majadería de mis niños, no eran niños malcriados, rebeldes, desobedientes, necios… NO!... nada de eso, ellos son niños y aún no llevan en este mundo el tiempo necesario para desarrollar todas esas “habilidades”… entonces ¿qué eran? ¿qué pasaba? ¿Por qué tantas peleas, lloros y conflictos?.... pues empecé a leer, leer y leer; y también a orar mucho, siempre digo que sin Dios nada de esto hubiese calado tan hondo en mi… y entonces ¿qué descubrí?... que mis hijos son niños, pequeños niños, niños hermosos que estaban al cuidado de una madre que no los comprendía, de una madre que se había olvidado de cómo se es cuando eres niño, de una madre que esperaba de ellos comportamientos de adulto, de una madre que pensaba que por que ya dijo “no pelees con tu hermana” mi niño debía cumplir a rajatabla esa orden y sino lo hacía era un “necio” un “peleón”, de una madre que no sabía que los niños preguntan mil veces la misma cosa, de una madre que no entendía que los niños NUNCA tienen “suficiente de mamá por hoy” pues siempre necesitan y quieren con ellos a mamá…. Los hice sufrir mucho, yo misma sufrí mucho.

He aprendido que nos han llenado de prejuicios la maternidad y la paternidad, “no lo cargues, que se te enseña a la mano” “déjalo llorar, sino te manipula” “si llora mejor, así se le fortalecen los pulmones” “dale 10 minutos de cada pecho que no necesita mas” “que duerma solo desde que nace, sino tendrá 30 años y seguirá durmiendo contigo” “tiene que aprender a compartir” “que coma todas las espinacas, tiene que aprender a comer de todo”…. Y un larguísimo etcétera.. Pobres de nuestros niños y pobres de nosotras las madres, pues parecería que nuestros hijos vienen cargados de maldad y de ganas de fastidiarnos la vida y nosotras tendremos que estar preparadísimas para hacer frente a estos pequeños monstruos porque si no los frenamos a tiempo mañana podrían apoderarse de la galaxia entera.

Estoy aprendiendo a deshacerme de todos esos infundados prejuicios, que a mi en lo personal me llevaron mil veces a irme contra mis propios instintos maternales para que no se me “malcríen” los muchachos. Ahora digo con TODA LA SEGURIDAD que ahora que hago caso total y absoluto a mi instinto de madre, mis hijos pueden ser los hermosos niños que siempre fueron.

He aprendido 2  lecciones, que por ahora me rigen:

1. SER EMPÁTICA.- Ponte en el lugar de tu hijo. NINGUN niño llora por que sí, por que le da la gana NINGUNO!! Siempre hay un motivo, que a la mamá ese motivo le parezca un absurdo es otra cosa. Talvez para ti llorar porque se le cayó un caramelo al piso cuando tiene otros 9 en la funda es una tontería que no merece atención, pero para tu niño es cosa seria, tenía 10 caramelos y ahora solo 9. Quizá lo entiendas mejor si te pones en su lugar, piensa en tus joyas favoritas tienes 10 y 1 se te va por el drenaje, ¿no maldecirías en alta voz por haberla perdido? o en voz baja si no puedes gritar, estarías totalmente enojada, y que tal que alguien te diga “ya cálmate caramba, tanto escándalo por una simple joya, ahí tienes otras 9, no seas tan llorona”…. Talvez sería mejor recibir un abrazo y escuchar “cuanto lo siento, en verdad querías esa joya, veamos si alguien nos puede ayudar” ¿se sentiría mejor verdad?.... he entendido también que no se vale pensar “mi joya cuesta mucho mas que un caramelo” pues para mi hijo en ese momento el caramelo es muy pero muy importante, de hecho es mas importante y “valioso” que mi joya. Con el tiempo podré enseñarle el valor de las cosas, quizá cuando su edad le permita entenderlo o quizá un momento mas tarde cuando esté mas tranquilo, pero no en el momento mismo de la histeria, ese rato no necesita sermones, necesita ser comprendido, respetado y apoyado. Igual que lo necesitarías tu. Necesita saber que puede contar contigo cuando algo “terrible” le sucede.

He aprendido que comprender a mi hijo, significa también ser consciente de que mis hijos son aún chiquitos y no cuentan con las habilidades ni la madurez necesarias para manejar sus frustraciones, no puedo esperar que mi hijo a los 3 años diga “oh que lástima he perdido un caramelo, no hay problema, seguro que ni siquiera estos 9 podré terminarlos y no quiero hacer pasar un mal rato a mamá”, es muy difícil que suceda y si sucediera, quizá sea difícil que pase todos los días. El niño aún no puede controlarse, pero yo SI.

He aprendido que cuando vamos a un restaurante, mis niños se aburren tremendamente y entonces hacen lo que hacen los niños (y también algunos adultos) empiezan a buscar la forma de entretenerse y corren por todos lados y tocan todo y lo hacen porque son niños, mas no por que son “majaderos” o “molestosos”. Los comprendo y por ahora pido la comida a domicilio, compro para llevar o voy a un restaurante con un área de juegos segura. Ya llegará (mi segunda nena que hoy tiene 2 años) a una edad en la que pueda estar quieta y esperar con paciencia la comida, por ahora no puedo esperar que ella “comprenda” que ese es un lugar para estar bien portados, soy yo la adulto quien debe comprenderla a ella.

He aprendido que si mi hijo rompe un juguete y estalla en llanto por ello, es porque eso le causa un gran dolor y no necesita que le diga “ya ves eso te pasa por no ser cuidadoso, por no hacerme caso, por hacerlo todo mal, me alegro, ojala aprendas”. Necesita mi abrazo y consuelo, seguro que el dolor de la pérdida ya le enseñó la lección. No necesita además el dolor del regaño de su madre y si hay algo que decirle o enseñarle (talvez no sabía cómo funciona el juguete) ya lo haré después cuando esté tranquilo y lo haré con cariño y paciencia si en verdad quiero que aprenda algo.

He aprendido que si mi hijo me pide agua 5 veces en el transcurso de una hora en plena madrugada no es porque sea un “desconsiderado” sino que a lo mejor está enfermo o preocupado, quizás con miedo, quizás por alguna razón requiere un poco mas de mi atención y requiere un poco mas de mamá y de “instinto materno” para resolverlo.

Quisiera poner una docena mas de ejemplos, pero se resume en decir que: he aprendido que siempre, siempre pero siempre hay una razón; que debemos ser empáticas con ellos, que debemos comprenderlos y que jamás debemos minimizar las razones de su llanto. Para nosotras pueda que se resuelva fácil, pero para ellos no y es precisamente por eso que nos necesitan y aveces nos lo piden a gritos.


2. TRÁTALOS COMO TRATARÍAS A UN ADULTO EXACTAMENTE EN LA MISMA SITUACIÓN.- Es curioso ver que si en una reunión familiar algún adulto (tu mamá, tu hermana, tu tía, tu esposo, tu padre, etc) empieza a llorar frenéticamente, todo el mundo se preocupa, trata de enterarse de que es lo que sucede y a la brevedad posible colaboran todos para solucionarlo. Pero si el que llora es un niño, entonces es una “majadería” que no merece atención porque “son cosas de niños” o porque SOLO quiere “llamar la atención”

Si al adulto que cuenta con recursos propios para solucionar sus problemas y salir de su crisis le ofrecemos cariñosamente nuestra colaboración ¿no merecería el niño, que no cuenta con esas herramientas, con mayor razón nuestra ayuda?
Luego de hacer mías estas ideas expuestas por algunos autores en sus libros respecto al trato diferenciado que brindamos a los niños y a los adultos, me he vuelto muy observadora con mis propias acciones y con las acciones de las demás personas. Y me he convencido de que lo que sería “inaceptable” hacerle a un adulto, es totalmente normal hacerles a los niños. Por ejemplo si mientras estoy conversando con mi esposo viene mi hermana e interrumpe nuestra conversación yo jamás le diría “cállate ¿qué no ves que estamos conversando?” eso sería humillante, grosero, mi hermana se sentiría terrible… ¿Qué nos hace pensar que con nuestros niños no sucede lo mismo? nuestros hijos nos perdonan con demasiada rapidez, quizá por eso es que no tenemos reparos en volver a ofenderlos.


Voy aprendiendo a detenerme antes de actuar en las situaciones complicadas con mis hijos y pensar como actuaría si el problema no fuese con ellos sino con un miembro adulto de la familia.

Estoy aprendiendo a respetar a mis hijos, ellos no son ciudadanos de segunda, que merezcan un trato de segunda, que merezcan un trato que jamás le daríamos a un adulto, NO! Ellos tienen la misma dignidad que los adultos, son personas y merecen ser tratadas como tales.

Ahora que los trato con consideración y respeto (además de mi amor gigantesco) veo que ellos aprenden exactamente lo mismo, me tratan con consideración y respeto, se tratan entre ellos con consideración y respeto. QUE MARAVILLOSA FORMA DE EDUCARLOS!!!