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domingo, 14 de agosto de 2016

LA DIFÍCIL LLEGADA DE UN HERMANITO

Cuando nació mi segunda bebé mi primer hijo tenía 3 años y 4 meses, y todo se me puso muy difícil, a mi hijo le costó mucho el nacimiento de su hermana y creo que a mí me costó todavía más. 

Mi hijo trataba con frecuencia de lastimar a su hermana, lanzaba cosas por todos lados, si la pequeña dormía él gritaba con más fuerza para despertarla, no colaboraba pero ni un poquito, uff!! En verdad que fue un tiempo muy duro para mí y hoy sé que fue mucho más terrible y fuerte para mi pequeño hombrecito. Yo lo reprendía todo el día, todos los días, ya no sabía qué hacer, con dolor debo reconocer que a veces sentía que ya no lo soportaba, a ese hermoso ser, a mi ángel, a la luz de mi vida, a esa personita a la que amo hasta enloquecer, a mi hijo, sentía en ocasiones que no lo soportaba mas y era horrible sentirme así. 

Pero una noche, en que yo sola estaba despierta en casa, pensaba y pensaba en todo lo que pasaba y en la medida que lo iba pensando me iba doliendo cada vez más, yo lloraba y lloraba y de repente la única expresión que salía desde lo mas profundo de mí era: “hijito de mi corazón… hijito… hijito de mi corazón” lo repetía y lo repetía con los ojos llenos de lágrimas, sin saber qué hacer, sin saber cómo remediarlo, pero segura de que no quería seguir así, no quería seguir viviendo así y lo que era más, no quería seguir dándole a él esa vida.  Busqué ayuda, poco a poco fui aprendiendo a EMPATIZAR con mi hijo, fui aprendiendo a ver a través de sus ojos, a entender cómo se sentía él y como estaba viviendo él esta dura época, pude entender que él lo único que necesitaba era mi atención, mi cariño, divertirse conmigo, ver cómo me sorprendo con sus dibujos o con sus enormes brincos, empecé a dedicarle amorosa atención, entendiendo desde lo más profundo de mí que mi hijo me amaba con todas sus fuerzas, con todo su ser y que le dolía que yo, el ser mas amado para él, no lo correspondiera con la misma intensidad.

Hoy puedo ver que me costó convencerme de que yo era tan radicalmente importante para mi hijo, creo que yo no creía que lo era hasta tal extremo y resulta que ¡sí! que para un niño no hay nada mejor que su madre.

Comencé entonces a poner prioridades, por ejemplo a no estresarme por los días que no podía terminar de arreglar mi casa, lo que hice pues bien y lo que no pues ni modo, así se queda, ventajosamente la casa no llora ni sufre; comencé a esperarlo ansiosa para la hora del almuerzo (medio día), a disfrutar de la comida con él, me di cuenta que podía comer y conversar con él mientras mi nena estaba en su sillita o en mis brazos, pero mi atención en ese momento iba hacia mi hombrecito; comencé a jugar con él en las tardes y también incluía a mi bebé en el juego cuando era posible y cuando no era posible, la colocaba en posición segura pero cerca de nosotros y ella también disfrutaba de nuestro alboroto y de nuestra bulla; comencé a poner música infantil divertida en mi compu y a bailar como loca con él, saltando, gritando, haciendo caras graciosas, cuanto reíamos los 3!!; comencé a salir al parque con mis 2 enanitos, comencé a salir a caminar un par de cuadras y comprar por ahí alguna golosina y algunas veces hacer un improvisado picnic, él lo disfrutaba y lo disfruta con toda la alegría que le cabe en su pequeño cuerpito; comencé a hacer manualidades y recetas de cocina con él; comencé a ser madre de 2 y a disfrutarlos a los 2. 

Cuán hermosa se volvió mi vida!!! desde ahí hasta ahora y, espero, hasta siempre. Cuán hermosa se volvió la vida que yo les doy a mis hijos!!  El cambio de mi hijo fue inmediato, desde el día mismo en que empecé a brindarle auténtica atención, desde ese día mi hijo fue otro. Ahí entendí esa famosa frase de “solo quiere llamar la atención” pues ¡¡¡CLARO!!! Eso quería, mi atención y yo no se la daba, y él en su pequeñez agotaba todos los recursos que le eran posibles para conseguirla, eso era todo lo que quería mi atención y también eso era todo lo que yo necesitaba darle, para sentirme la SUPERMAMÁ que hoy me siento. El truco y la clave de todo esto para mí ha sido la EMPATIA, ver las cosas como las ve él, tratar de entenderle, comprender que lo que para mí es una tontería para él en ese momento es lo mas importante del mundo, entender que mi hijo (ni ningún otro niño) llora JAMAS por majadero o por ganas de fastidiar, si llora es porque algo necesita y requiere de nosotros para lograrlo.

Ha sido un cambio que ha requerido mucha consciencia, mucha lectura, mucha introspección y reflexión constante, pero ABSOLUTAMENTE VALE LA PENA!!!

Daysi Arcos Argudo

martes, 20 de octubre de 2015

HIJO MÍO, ¡ES POR TU BIEN!

Tengo un nuevo cumpleaños, mi cumpleaños de mamá, pero no del día en que comencé a ser madre, sino del día en que tomé conciencia de lo inmensa que puedo llegar a ser en mi rol de madre.

Fue un 21 de octubre, fue en la noche, cuando reconocí que no me gustaba “educar” a mis hijos, cuando empecé a ver que el hecho de que mis hijos sean niños obedientes era algo que me hacía feliz a mí pero no a ellos, ahí fue cuando empezó a aparecer luz en un sendero que hasta entonces había sido difícil y lleno de normas.

En la educación de mis hijos yo había sumado mis opiniones a las del mayoritario colectivo de madres y padres: “tienen que ser niños obedientes” “tienen que comer en cantidad suficiente” “tienen que ser buenos estudiantes” “tienen que compartir”… y una larguísima lista de “tienen que”. Además me había convencido de que la escuela es una deidad, la escuela se volvía tan pero tan importante que en realidad importaba más que el mismo niño “tiene que comer solo porque cuando vaya a la escuela nadie le dará de comer” “tiene que obedecer porque en la escuela hay normas que cumplir” “tiene que compartir porque en la escuela hay 40 niños mas en el aula” “tiene que asearse sólo en el baño porque en la escuela nadie le ayudará”…. Es decir la mirada no estaba en el niño como el niño que es, ni en sus necesidades y ritmos propios, sino en que ese niño esté a la “altura” de la escuela…. Y también a la altura de lo que opinen los abuelos, los tíos, los amigos, la vecina, la señora de la frutas y la de las verduras. El niño tiene que ser un “niño bien”. ¡Que fastidio!

Sobre todo que fastidio para el pobre niño que tiene que encargarse de andar haciendo quedar bien a sus padres y tener que olvidarse de como queda para sí mismo y como va quedando para siempre dentro de sí.

Yo, al igual que muchos, andaba muy empeñada en “formarlos bien” (como si viniesen deformados o algo así), en educarlos correctamente, y muy a mi pesar los regañaba constantemente, los premiaba con pegatinas felices o los mandaba a la “silla de pensar”. Luego me encontraba con una enorme frustración al ver que nada de esto funcionaba como los “expertos” decían que debe funcionar y eso me abrumaba, aveces me hundía en pensamientos como “que mal lo hago, en verdad no sirvo para madre”, otras veces me iba por la orilla de decir “¿a estos niños que les pasa? Esto funciona maravillosamente con todos los niños menos con los míos” “es que los míos son la excepción de la regla, son el colmo, deberé ser mas rigurosa”.  Sin importar a que pensamiento yo daba permiso de adueñarse de mi, el resultado era el mismo: mis estrategias duraban lo que dura el temor al castigo o la ilusión del premio; después de eso volvíamos a lo mismo y yo cada vez me preocupaba mas, sufría mas y me enojaba mas. Y mis hijos se asustaban mas y se desconcertaban mas.

Siempre recordaré las palabras mágicas de mi hijo aquella noche: “pareces una bravísima”. En su bondad y en su amor incondicional para mí, ni siquiera me dijo “eres una bravísima”, nomás me dijo “pareces”. Mi pequeñito sabía que su madre lo amaba con la vida misma y que realmente no era esa bravísima a la que habían entrenado para “educar bien”  a sus hijos, nomás parecía, no era. Siempre estaré agradecida con mis hijos por su sabiduría y por la manera en que me transforman.

Al día siguiente comencé a tratar de llevar a mi vida lo que la noche anterior llena de lágrimas empecé a leer. Era una revelación total, no podía creerlo, estas cosas nuevas tan nuevas para mi estilo de crianza eran sorprendentemente obvias y, al mismo tiempo, sorprendentemente desconocidas para mí.

Lo encontré bajo diferentes denominaciones, por ahora me gusta llamarla Crianza Consciente, porque considero que tienes que alcanzar cierto grado de consciencia para poder vivirla a plenitud y con constancia.

Ha sido y es todo un proceso reconocer a mis hijos como seres humanos con igual dignidad e iguales derechos que todas las personas sin importar su edad. Resulta curioso, porque cuando dices esto en una reunión de amigos todos responden de inmediato: “sí, sí, claro que sí, pero porsupuesto” y lo dicen convencidos, y acto seguido voltean y sin mucha delicadeza dicen a su hijo de 5 años “Pepito cállate no interrumpas, vete a jugar a otra parte”, por decir lo menos. ¿Dónde está aquí la igualdad en el trato real y cotidiano a los niños? - “Es que tienen que aprender a respetar las conversaciones de los adultos” - justifican; yo pregunto ¿y porqué? y ¿para qué?; ¿acaso los adultos respetamos a rajatabla las conversaciones de los demás? ¿acaso no nos sucede que cuando algo nos urge irrumpimos en la habitación o en la oficina de lado y súbitamente interrumpimos para pedir aquello que en ese momento es de suma importancia? ¿acaso aveces no necesitamos interrumpir a nuestra pareja o amigos para hacer una aclaración? ¿acaso aveces no interrumpimos porque acabamos de astillarnos el dedo y precisamos ayuda inmediata? ¿acaso hasta el mesero no precisa interrumpirnos para tomar la orden?... ¿cuál es entonces el fastidio que tenemos con los niños cuando necesitan urgentemente contar a todos que el otro día saltaron como sapitos en el parque?

Cuándo los padres y las madres reprenden, castigan, gritan, quitan beneficios o quitan la palabra a sus hijos, suelen decir que es “por amor”. Sí, yo también lo decía y lo sentía, claro que era por amor. Hoy me pregunto ¿por amor a quien?, hoy sé la respuesta: “por amor a mí misma”, por amor a mi comodidad. Es mas fácil PARA MI mandarlos a estarse quietos y a dejar de pelearse so pena de castigo, que reconocer que necesitan atención de mamá y dejar de hacer MIS COSAS para dedicarme a jugar con ellos, a hornear galletas o a llevarlos al parque. Es mas fácil obligar a ponerse la ropa que considero adecuada, que dejarlos elegir y “pasar la vergüenza” de que vayan con la misma ropa de siempre, terriblemente combinados o con la camisa que ya tiene agujeros. Es mas fácil exigirles buenas calificaciones y obligarlos a adaptarse al sistema, que atreverse a cuestionar el sistema y esforzarse por encontrar otros caminos de aprendizaje. Es mas fácil presionarlos hasta que se queden quietos en su silla, que aceptar que quizá necesitan movimiento para aprender mejor. Es mas fácil obligarlo a ser lo que yo quiero que sea, que dejarlo ser quien es.

En general los padres vivimos bastante equivocados, creemos que nuestros hijos están “mejor educados” y tendrán un “mejor futuro” cuanto más se parezcan a lo que nosotros queremos que sean. Y olvidamos que ellos han venido a ser “ellos”, que no necesitan que les demos haciendo su vida, ni que les enseñemos a decidir ni a pensar, ni siquiera que les mostremos el camino. Nuestros hijos han nacido con bastante poder y firmeza de decisión y saben perfectamente el camino que quieren recorrer, lo que necesitan es que no les nublemos la vista, que no nos pasemos el día diciéndoles que hacer porque luego les costará encontrar que QUIEREN hacer, lo que necesitan es poder ser ellos mismos y no que los metamos en el molde que nosotros hemos fabricado, lo que necesitan es que seamos acompañantes de su camino y no sus arquitectos, lo que necesitan es poder SER QUIENES SON y no quienes nosotros queremos que sean.

A quien es lo que quiere ser, le espera el más lindo y prometedor futuro.

Este 21 de octubre cumplo un año, un feliz año, un año en el que he crecido más que en toda mi vida. Un año en el que he comenzado a aprender a respetarlos auténticamente, a entender que ellos (igual que yo) no siempre quieren comerse todo lo del plato, que no siempre quieren hacer la tarea en este minuto pero que pueden hacerla 20 o 30 minutos después, a entender que no pasa nada si en todas las reuniones familiares los ven con su misma camiseta favorita, a entender que cuando me interrumpen es porque aquel bicho que ha quedado atrapado en la telaraña realmente requiere ayuda urgente y que para ellos es sumamente importante, he aprendido que cuando mis hijos se ponen “insoportables” es una señal clarísima de que se les ha terminado el “combustible mamá” y necesitan de mi tiempo y atención, he aprendido a detectar la angustia que sufren mis hijos cuando montan un “berrinche” y a consolarlos y acompañarlos tal como lo haría si fuese mi madre o mi mejor amiga quien estuviese llorando de esa manera, he aprendido que cuando yo lloro desconsoladamente lo último que necesito es que alguien venga a recordarme lo torpe que soy o que me encierren para que me “calme”, los mismo les pasa a mis hijos; he aprendido que mi público más importante son mis hijos, no mis vecinos, las maestras, el pediatra o mis amigos, la única opinión que me importa de mi desempeño como madre es la de mis hijos.

En este año he podido ver con “estudio de campo” en mis propios hijos, que al tratarlos con respeto, con consideración, con empatía, aceptando sus gustos, intereses y necesidades; mis hijos no se han convertido en niños “malcriados” (que por cierto no existen) NO! mis hijos son niños respetuosos porque son respetados, son empáticos y solidarios porque eso viven, son seres humanos maravillosos y ya quiero ver los espléndidos adultos que serán un día. Alguien podría decirme “¡pero siguen trepados en la mesa!” “¡siguen sin compartir sus juguetes!” (esto de compartir es otro temita). Claro que sí, afortunadamente siguen siendo niños y hacen lo que hacen los niños!!!

Este año he visto la grandeza de mis hijos. Este año he visto el potencial de mi grandeza. Recién cumplo un año, soy una bebé. Que hermoso camino me espera por delante. Que hermoso año. FELIZ CUMPLEAÑOS A MI!!!